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FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Jubileo y Jornada de la Vida Consagrada   (Basílica de San Isidoro, 2-II-2016)

"Luz para alumbrar a las naciones"

            Mal 3,1-4; Sal 23            Hb 2,14-18            Lc 2, 22-40

            La fiesta la Presentación del Señor en el templo, a los cuarenta días de la Navidad, evoca el encuentro del Hijo de Dios hecho hombre con el pueblo de la antigua Alianza, representado por los ancianos, Simeón y Ana, que movidos por el Espíritu Santo, están también en el templo y han reconocido al Salvador en el Niño que reposa en los brazos de María para ser consagrado al Señor y rescatado mediante una oblación, tal y como establecía la ley de Moisés.

            En esta fiesta se enmarca también la Jornada de la Vida Consagrada, circunstancia feliz que nos permite celebrar un encuentro gozoso de la Iglesia diocesana con los religiosos y religiosas y con otras personas consagradas, orar juntos y agradecer al Señor y a todos ellos su presencia y su testimonio en los más diversos campos de la misión eclesial. Vaya también a las hermanas contemplativas de los nueve monasterios de nuestra diócesis nuestro recuerdo afectuoso y agradecido por el testimonio de su vida escondida con Cristo en Dios. Pero, además, hoy se clausura el Año de la Vida Consagrada que se inauguró el 30 de noviembre de 2014, Domingo I de Adviento, para “dar gracias a Dios por el don de la vida consagradaabrazar el futuro con esperanzavivir el presente con pasión… y dando testimonio al mundo de la belleza del seguimiento de Cristo en las múltiples formas en las cuales se expresa la vida consagrada”. Pues bien, pese a la acumulación de motivos, en  esta fiesta del Señor y en esta Jornada hemos querido celebrar en nuestra diócesis el Jubileo de los consagrados y consagradas con motivo del Año Jubilar de la Misericordia abierto por el papa Francisco en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de 2015.

1. Jesucristo, “luz de las gentes y gloria de su pueblo”

Pero centremos nuestra atención en el misterio de la vida de Jesús, al que tan íntimamente está unida su Madre, la Santísima Virgen María, tratando de profundizar gozosamente en el encuentro vivo, personal y comunitario, con Jesucristo que hemos realizado simbólicamente en la procesión con las candelas encendidas atravesando la puerta santa de esta basílica que nos abre el acceso a la misericordia divina. 

            Es Jesús mismo, en persona, el que nos sale al encuentro el Hijo de Dios hecho hombre, el que, en realidad,  nos recibe a nosotros y a quien el anciano Simeón ha proclamado como el “Salvador… presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones  y gloria de su pueblo Israel” (Lc 2,31-32). Reconocerle y encontrarnos con él es la finalidad y el sentido originario de esta fiesta, llamada precisamente del encuentro (hypapante) por el Oriente cristiano. Jesús mismo que dijo: Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”(Jn 10,9).No hay otro medio, no se nos ha dado otro nombre en el que podamos alcanzar la salvación, que Jesucristo en persona (cf. Hch 4,12). Acerquémonos a él, dejémonos acoger por él, ser amados, perdonados y robustecidos por él. Esto significa su misericordia para con nosotros y para con toda la humanidad. El Evangelio que se ha proclamado, a la vez que describe el rito de la presentación del Niño Jesús en el Templo, que María y José realizaron según prescribía la Ley de Moisés, nos ofrece también el anuncio de la misión de ese Niño, el Enviado de Dios, a quien unos ancianos, en representación del pueblo de la Antigua Alianza, reconocen y proclaman como el Mesías y Salvador de todos los pueblos.

La fiesta de hoy anima a todos a renovar nuestro empeño en profundizar en el conocimiento íntimo de la persona de Jesús, para poder anunciarlo de manera explícita en todas nuestras acciones de evangelización y de apostolado.           Vosotros, queridos consagrados y consagradas que vivís, oráis y trabajáis en nuestra diócesis, sabéis bien lo que significa la compasión de Jesús cuando, ante una multitud, los veía como ovejas extraviadas sin pastor (cf. Mt 9,36) o, cuando, le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos” (Mt 4,24).Y cómo, movido por la compasión, ofrecía su palabra, curaba a los enfermos, daba para comer y, al final, entregaba su propia vida.

2.  La misericordia en la Vida Consagrada

Esa era la expresión de su misericordia, la que sigue teniendo sobre todos nosotros, sobre la humanidad entera, y que encuentra continuidad en vuestras tareas docentes, litúrgicas, sanitarias, asistenciales, caritativas, etc., según el carisma del instituto al que pertenecéis. Todos vosotros sois en la Iglesia y en la sociedad prolongación de su misericordia. Reconocerlo y proclamarlo hoy es una forma de daros las gracias a vosotros y de proclamar en este día a quien sigue siendo luz y fuente de alegría y esperanza.

Vuestros fundadores y fundadoras, dijo el papa Francisco en la carta Apostólica de 21 de noviembre de 2014 sobre el Año de la Vida Consagrada el 29, experimentaron y sintieron en sí la compasión que embargaba a Jesús y como él se pusieron “al servicio de la humanidad allá donde el Espíritu les enviaba, y de las más diversas maneras: la intercesión, la predicación del Evangelio, la catequesis, la educación, el servicio a los pobres, a los enfermos... La fantasía de la caridad no ha conocido límites y ha sido capaz de abrir innumerables sendas para llevar el aliento del Evangelio a las culturas y a los más diversos ámbitos de la sociedad”. Esta es la misericordia anunciada y compartida con los demás, uno de los aspectos fundamentales del Año de la Vida Consagrada que tendrá continuidad aunque se clausure esta celebración.

Por eso, habrá que continuar con las antenas desplegadas para captar las necesidades y las urgencias de la humanidad no solo en el ámbito de una diócesis sino en el de la Iglesia entera, pues vuestra vocación, aunque se realiza en las Iglesias particulares, ha tenido siempre como característica el ser respuesta a la misión universal de salvación. En estos mismos días, en Roma se ha venido celebrando un gran encuentro de consagrados y consagradas de todo el mundo bajo el lema ”Vida consagrada en comunión. El fundamento común en la variedad de las formas” no solo para conocer mejor el gran mosaico de la vida consagrada en la Iglesia universal y en las Iglesia locales, y para tratar de vivir la comunión redescubriendo la única llamada en la variedad de las formas, Orden de las Vírgenes, vida monástica, Institutos religiosos, Institutos seculares y nuevas formas de vida consagrada, sino también para avanzar juntos en el camino en el gran Jubileo de la Misericordia que actualiza una vez más el mandato específico de la vocación religiosa: ser rostro de la misericordia del Padre, testigos y constructores de una fraternidad vivida con autenticidad.

            Queridos hermanos y hermanas consagrados: Las candelas que hemos bendecido como signo de la luz de Cristo y que habéis llevado encendidas en las manos caminando en procesión hasta el altar es un signo muy expresivo no solo de la fe y del amor que debe acompañaros en la respuesta a vuestra vocación de especial consagración a Dios. Pero es también una señal del vuestra misión de ser, en el pueblo de Dios, una referencia y un testimonio luminoso que ayude a caminar honesta y dignamente por la vida a vuestros hermanos los hombres y mujeres de hoy. No olvidéis que el Señor, que dijo:Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12), es el que nos dice a todos también: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Mt 6,36). La misericordia es una gran bienaventuranza para quien la recibe, pero muy especialmente para quien la practica porque la recibirá multiplicada.

+ Julián, Obispo de León

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