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SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR - 2016

(Real Colegiata de S. Isidoro, 6-I-2016)   Caminarán los pueblos a tu luz”

Is 60,1-6; Sal 71                  Ef 3,2-3.5-6                 Mt 2,1-12

            La solemnidad de la Epifanía del Señor nos invita, un año más, a acercarnos al misterio del Nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, con las actitudes que suscita en nosotros la fe que hemos recibido y que ilumina esta celebración, por otra parte tan significativa, en el marco de esta Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, sagrario y referencia esencial de la historia de nuestro pueblo.

1. La Epifanía, fiesta de la luz que ilumina a los que buscan

            La Epifanía es una fiesta llena de luz. Lo sugiere la misma etimología de la palabra en su raíz griega, alusiva a la manifestación de una realidad, un acontecimiento, una persona, en este caso el Niño Jesús nacido en Belén de Judá, que primero fue anunciado a unos pastores y posteriormente a unos magos, conocedores de la astronomía y seguramente reyes. Unos y otros acudieron a adorar al recién nacido ofreciéndole presentes muy significativos. Los primeros estaban cerca velando sus rebaños, los segundos llegaron de muy lejos guiados por una estrella. A partir de este hecho la palabra epifanía hace referencia, al menos en las Iglesias de Occidente, al homenaje al Hijo de Dios hecho hombre por parte de los magos. No obstante la Epifanía, por influjo del Oriente cristiano,contempla también el bautismo en el Jordán y aún las bodas de Caná, como ponen de manifiesto algunas antífonas de la liturgia de las Horas (cf. ant. del Benedictus y del Magnificat del 6 de enero).

El relato evangélico subraya la importancia de la estrella que guió a los Magos hasta el lugar donde estaba Jesús, de manera que el episodio es considerado como la primera manifestación de su divinidad a los pueblos que no conocían al Dios de Israel. La Epifanía es, por tanto, la fiesta de la luz que ilumina a los que buscan la verdad y se esfuerzan en encontrarla. En este sentido los magos de Oriente que tuvieron que incomodarse y no poco con este fin, son para nosotros el modelo de la búsqueda de Dios.

Ellos comprendieron que la estrella, aquella luz que habían observado, era la señal del nacimiento del Rey de los Judíos. Así lo afirma el evangelista San Mateo anotando incluso la circunstancia histórica: “En tiempos del rey Herodes, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo»” (Mt 2,1b-2). La pregunta tenía su fundamento en la profecía alusiva a la estrella naciente de Jacob (cf. Num 24,17). Pero lo más impresionante es el hecho de que aquellos hombres se pusieron en caminode inmediato, y desde el Oriente llegaron a Jerusalén. Ante su ejemplo podríamos nosotros preguntarnos también si, en su lugar, habríamos tenido el coraje de salir de nuestra casa, de nuestros hábitos y ocupaciones, para buscar a Jesucristo. Ciertamente, los magos no han sido los únicos en hacerlo, pero su testimonio debería interpelarnos a todos nosotros.

2. El que busca sinceramente a Dios lo encuentra

Porque la búsqueda de Dios no ha sido nunca fácil ni cómoda. En ocasiones requiere desinstalarse, preguntar, indagar, molestarse. Los magos, ya en Jerusalén, se dirigieron a las autoridades, pensando recibir información de ellas. Su pregunta y sus afirmaciones: "¿Donde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? Hemos visto surgir su estrella y venimos a adorarlo" (Mt 2,2b), causaron turbación en toda la ciudad. El rey Herodes, después de consultar a los sumos sacerdotes y a los expertos en las Escrituras, informó a los magos acerca del lugar donde había de nacer el Mesías según la profecía de Miqueas: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel” (2,6). Belén era la aldea de David y allí nacería su descendiente, el Mesías. Pero detrás de la propuesta de Herodes se escondía el deseo de eliminar al Niño (cf. 2,8), lo que dio lugar al asesinato de los “inocentes”, a la huída a Egipto de la sagrada Familia y al posterior establecimiento de esta en Nazaret (cf. 2,13-23).

Los magos se pusieron otra vez  en camino, guiados nuevamente por la estrella que habían visto al principio. El Evangelio nos dice que, "al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría" (Mt 2,10). Esta experiencia gozosa es altamente significativa también. Cuando alguien busca a Dios, aunque le parezca encontrarse en la oscuridad, sin saber exactamente qué hacer o a dónde acudir, al final consigue su propósito. Por grandes y complejas que parezcan las dificultades, si persevera en la búsqueda, en algún momento verá como la realidad se ilumina y la luz, la estrella, aparece de nuevo en su vida. Y al hacerse la luz, el hombre experimenta una gran alegría en su corazón. Esto es algo realmente significativo también en la búsqueda de la verdad, del bien, del amor, de la paz, bienes que solamente se encuentran plenamente en Dios. He aquí otra hermosa lección de la fiesta de hoy, la Epifanía.

3. El alcance universal del misterio de la Epifanía

            Y, siguiendo el relato evangélico los magos “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra…”.  La búsqueda de Dios supone, además de la  perseverancia, la generosidad del corazón. Cuando vamos al Señor, debemos ofrecerle lo mejor que tenemos. Si nos quedamos en nuestras actitudes más o menos egoístas, no nos encontraremos con Él. Si, por el contrario, le presentamos nuestra sinceridad, lo que somos realmente, reconociendo lo bueno y lo menos bueno de nuestra vida, el encuentro con Él será eficaz y dejará huella en nosotros.

Los dones que ofrecieron los Magos a Jesús, el oro y el incienso, fueron anunciados por el profeta Isaías según la primera lectura que hemos escuchado (cf. Is 60,6). El profeta había mencionado, junto a las gentes de Saba, una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá” (Is 60,6), y decía también: “caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (60,3). Estos textos proféticos junto con el salmo 72 [Vg 71],10, recitado a continuación de la primera lectura, han contribuido decisivamente a enriquecer la tradición sobre el episodio de los magos completando el relato del evangelista san Mateo. He aquí porqué la iconografía cristiana, desde las primeras representaciones de la adoración de los magos, señala a tres personajes y los ve precisamente como reyes.

Pero aún es más importante otro mensaje del profeta Isaías que ilumina el acontecimiento narrado por san Mateo. Se trata de la universalidad de la convocatoria de la estrella que guió a los magos hasta Jesús que encuentran en brazos de María, su Madre (cf. Mt 2,11): "Caminarán los pueblos a tu luz…” (Is 60,3; Sal 72,11). Esta característica de la luz que atrae a los pueblos de la tierra, era propia de Jerusalén, la ciudad santa del mundo hebreo, pero se aplica ahora precisamente a la aldea de Belén con ocasión del nacimiento de Jesús. De ahí la profecía citada antes: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá…” (Mt 2,6).  Ahora es Belén el lugar de la revelación de Jesucristo, la fuente de la luz hacia la que tantísimas personas se han orientado en los siglos pasados y continuarán a dirigirse en el futuro, siguiendo la estela de los magos de Oriente. Hacia esa “luz verdadera que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre” (Jn 1,9; cf. 1,4-8) y brilla desde hace 2016 años, nosotros debemos orientarnos también. Ese es también el contenido del mensaje de San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado: "que también los gentiles [los no hebreos]son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 2,6).

Queridos hermanos: En Cristo se ha revelado que el designio de Dios era y sigue siendo el reunir a todos los hombres en un solo pueblo para que participen de las mismas promesas, de las mismas gracias y de los mismos dones ofrecidos al pueblo de la antigua alianza. Esta confianza alegraba el corazón de San Pablo, el apóstol de los pueblos gentiles (cf. Hch 26,17; Rom 1,5; etc.). También esta realidad tiene que alegrarnos a nosotros y comprometernos seriamente a ser testigos de esa luz que brilla y que da esperanza. Por eso la Epifanía es una fiesta misionera, integradora de pueblos, razas y culturas, abierta a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Que la estrella de Belén nos ilumine y nos ayude a todos a enfocar rectamente y a contribuir a solucionar también, entre otros graves problemas que afectan hoy a toda la humanidad, los ocasionados por los actuales flujos migratorios: los refugiados y las personas que se ven obligados a salir de su propia patria, las víctimas de la violencia y de la pobreza, los emigrantes que sufren el ultraje de los traficantes de personas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor, etc.

+ Julián, Obispo de León

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