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SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR

Misa del día  (S.I. Catedral de León, 25-XII-2015)

"A cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios"

   Is 52,7-10; Sal 97                  Hb 1,1-6                  Jn 1,1-18

                Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo
que "sin dejar la gloria del Padre
 se hace presente entre nosotros de un modo nuevo"
 (Pref. II de Navidad).

      "Hoy ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No hay lugar para la tristeza cuando nace la vida para… llenarnos de gozo" (S. León Magno, Serm. 21,1). Hoy es Navidad. Hoy renace la esperanza de los creyentes en Cristo. Contemplemos con asombro y confianza el misterio del Hijo eterno de Dios, el Verbo que se ha hecho carne en María por obra del Espíritu Santo para habitar entre nosotros. Compartamos esta buena nueva con los que no la conocen y con los que, conociéndola, no la celebran o la viven superficialmente, para que participen de nuestra alegría y esperanza.

1. Dios nos ama y esta es la prueba de su amor

            El acontecimiento tuvo lugar en Belén de Judá, hace más de dos mil, pero el misterio sigue siendo actual en su eficacia santificadora celebrada en la liturgia. El evangelista San Juan, en el prólogo de su evangelio que acabamos de escuchar, nos hace penetrar en el significado profundo de este acontecimiento: el Niño que ha nacido en Belén es el Hijo de Dios que, al tomar la naturaleza humana, se hizo semejante en todo a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 4,15). Dios Padre  nos lo ofrece hoy nuevamente como prueba y señal de que no se ha desentendido de sus criaturas y porque quiere manifestar su verdadero rostro a los hombres ofreciéndonos la posibilidad de compartir con él la felicidad de su vida infinita.

En esto consiste la grandeza y la importancia de lo que estamos celebrando. Tenemos un Dios Padre que nos ama verdaderamente, infinitamente, mucho más de lo que imaginamos. Por eso no sólo nos creó a su imagen y semejanza de un modo admirable (cf. Gn 1,26-27), sino que de un modo aún más sorprendente y generoso, por medio de la encarnación de su Hijo, nos ha concedido "compartir la dignidad de aquel que hoy se ha dignado participar de nuestra humanidad" (oración colecta).

            La Navidad es, por tanto, una prueba de amor, un acontecimiento en el que brillan de manera extraordinaria la bondad y la misericordia divinas (cf. Tit 3,4-7). Dios Padre nos lo ha dado todo en su Hijo que es su Verbo eterno, reflejo de su gloria e impronta de su ser(Hb 1,3),  su Palabra definitiva en la que ha manifestado incluso que los creyentes en Cristo somos también hijos de Dios como anunciaba igualmente el evangelio (cf. Jn 1,13). Esta realidad de nuestra filiación divina hizo exclamar alborozado a san Pablo: "Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rm 8,16-17). Alegrémonos y compartamos estos motivos de alegría y esperanza.

2. El Año Jubilar de la Misericordia, un motivo añadido       

            Pero en la Navidad de este año tenemos un motivo añadido para celebrar alegres y confiados. En efecto, nohace aún quince días, después de una procesión penitencial que comenzó aquí, en nuestra catedral, inaugurábamos para toda la Iglesia diocesana de León el Año Jubilar de la Misericordia, siguiendo la iniciativa del papa Francisco. De este modo quedó abierta la denominada “puerta del perdón” de la basílica de San Isidoro o, lo que es lo mismo, la puerta del amor de Dios Padre, “rico en misericordia” (Ef 2,4), que “no se cansa detender la mano”(MV 19) ni de perdonar, aunque “somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (EG 3).

En la Navidad de este año se nos ofrece esta hermosa realidad de la misericordia de Dios que abarca mucho más, incluso, que el perdón de los pecados, porque la misericordia es expresión desbordante del amor infinito de Dios hacia cada uno de nosotros y hacia todos los hombres sin excepción. Los cristianos hemos sido convocados a ser, durante este año, testigos convencidos y convincentes del gran proyecto de amor de Dios Padre, y a ser fermento de misericordia, gratuita y generosa, en nuestras casas, en nuestros ambientes de trabajo, de convivencia, de relaciones. Ante las tensiones, las carencias y los sufrimientos propios o ajenos no valen la evasión, el mirar para otro lado, la indiferencia. El Año Jubilar de la Misericordia nos invita a recuperar y nos pide poner en práctica las obras de misericordia, espirituales y corporales que constituyen un testimonio concreto y visible del amor y de la opción preferencial por los pobres y los necesitados. Como dice el papa Francisco “será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (MV 15).

            Queridos hermanos: Jesucristo, el Niño nacido en Belén, nos manifiesta la misericordia de Dios con su rostro, con sus gestos, con toda su vida, y nos abre a Dios compasivo y misericordioso. No lo olvidéis, los cristianos tenemos que ser sus testigos creíbles y eficaces para que quienes están a nuestro lado puedan sentirse acogidos, amados, perdonados y alentados a vivir con esperanza. Que la Navidad de este año sea revelación para todos de la misericordia de Dios. Feliz y santa Navidad.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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