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DOMINGO IV DE ADVIENTO

ORDENACIÓN DE TRES PRESBÍTEROS Y DE UN DIÁCONO
(S.I. Catedral de León, 20-XII-2015)

“Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”

Mq 5, 2-5; Sal 79     -             Hb 10, 5-10       -             Lc 1, 39-45

            Hoy es un día grande para nuestra Iglesia local y para nuestros Seminarios diocesanos, con motivo de la ordenación de tres presbíteros y de un diácono. La catedral se ve inundada por una asamblea festiva que integra una gran diversidad de procedencias de los fieles cristianos presentes. El presbiterio que concelebra presenta también un aspecto plural y gozoso de comunión sacerdotal. Hoy, domingo IV de Adviento, la liturgia evoca la visitación de María a su pariente Isabel como preludio del renovado Nacimiento de Jesucristo en el misterio de la Navidad.

1. Vocación y misión pastoral a semejanza de María

            El Evangelio narraba, efectivamente, esa alegre visita que anuncia, para nosotros también, la presencia del Hijo de Dios. Aquella visita fue una revelación para Isabel, que al reconocer a María exclamó: "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Una pregunta semejante nos haríamos todos si considerásemos las incontables ocasiones en las que el Señor ha venido a nuestra vida sirviéndose de las más diversas mediaciones. Tú, querido Maziej, que en septiembre de 2007 fuiste el primer alumno en llegar a nuestro todavía incipiente Seminario “Redemptoris Mater”, siendo el segundo de once hermanos, has experimentado en el seno de tu familia la cercanía de Dios que tocó el corazón de tus padres y los hizo misioneros en Kazajistán después de que Polonia saliese de aquella terrible etapa materialista y atea que asoló media Europa durante décadas destrozando personas y familias. Tú puedes decir también que el Señor os ha visitado por medio de María. Ella ha sido el baluarte de vuestra fe como lo fue para san Juan Pablo II que se consagró según el célebre “Totus tuus Maria”. Estoy seguro de que ella, la “bendita entre las mujeres”, os fortalecerá también a ti y a los demás elegidos, para que os entreguéis totalmente, como ella, a la misión que la Iglesia os va a confiar.

            El episodiode la Visitación de María revela el dinamismo generado por el Espíritu Santo en la encarnación del Hijo de Dios. En efecto, María había manifestado su disponibilidad para secundar el mensaje del ángel al decir: "He aquí laesclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,32). Y en cuanto se le comunicó que su pariente Isabel estaba esperando un hijo, se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña” (1,39). Esta significativa actitud de María ha sido tomada, en el actual curso pastoral, como icono y referencia para nuestra diócesis que quiere ser también una “Iglesia en salida”,pero en salida evangelizadora y misionera, frente a la tentación, siempre latente, del cansancio o de una cierta resignación ante las dificultades y los retos del momento presente. La disponibilidad de María, será también un referente para ti y para tus compañeros, querido Santos, que llevas ya varios meses de experiencia pastoral en una zona de la diócesis, en otro tiempo riquísima en vocaciones y ahora con una población en gran parte envejecida pero que sigue apreciando la labor del sacerdote y que le pide que llegue a todas partes. Tus cualidades humanas te ayudarán mucho, pero deberás compaginar también, como se pide a todo enviado, la acción con el análisis de la realidad y la reflexión pastoral.

2. La obra del Espíritu Santo en la misión de la Iglesia

            La escena narrada en el evangelio nos descubre igualmente la acción del Espíritu Santo en Isabel al recibir esta el saludo de María. La visita no fue solamente un hermoso ejemplo de disponibilidad y de caridad por parte de la Madre del Señor, sino también un momento de gracia especial de Dios.El evangelista dice: "Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre” y “se llenó Isabel del Espíritu Santo” (Lc 1,41). Esa gracia alcanzó inmediatamente a Juan, que se encontraba todavía en el seno de su madre, de manera que esta referencia del evangélico relato ha sido interpretada como la santificación del precursor del Mesías antes de nacer. También esto había sido anunciado, pero a Zacarías cuando estaba ejerciendo su servicio sacerdotal en el templo,  que Juan estaría lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre (cf. Lc 1,15), y sucedió como fruto de la caridad presurosa de María. Caridad apostólica y eficaz la de la Santísima Virgen y don del Espíritu que ha acompañado y animado a la Iglesia a lo largo de la historia de la difusión del evangelio. Por eso el beato Pablo VI, basándose en la escena de la visitación, llamó a María y la propuso a todos los cristianos como “Estrella de la Evangelización” (EN 82), título que recupera el papa Francisco invitándonos a fijar la mirada en ella “para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores” (EG 2887; cf. 286).

            Tú también, amigo Raúl, has descubierto en tu vida, por la misericordia de Dios, la verdadera alegría del amor de Jesucristo que te ha animado, como a san Pablo, a dejar tierra y familia para lanzarte como él “hacia lo que está por delante, corriendo hacia la meta, hacia el premio, al cual te llama Dios desde arriba en Cristo Jesús”(Fl 3,13b-14). Tú también, como María bajo el impulso del Espíritu, no pensaste que habría sido mejor quedarse en casa, en tu ambiente, para prepararte mejor para lo que pudiera venir sino que, con decisión y sin importarte la edad, renunciaste a tu carrera y a tu actividad profesional ofreciéndote para ir al seminario que te tocara y formarte para el presbiterado. Ahora ha llegado el momento, para ti y para Maziej y Santos, y para Jorge que hoy recibe el diaconado, de dejaros llenar, como María y como Isabel, del Espíritu Santo, el don de Dios (cf. Jn 4,10) que hará de vosotros signos e instrumentos vivientes de Jesucristo, el Sumo Sacerdote que al entrar en el mundo dijo: “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10,5-7). Al hacer suya la voluntad del Padre, Jesús hizo un ofrecimiento que implicaba todo su ser y la existencia entera. Por eso tomó un cuerpo en el seno de la Virgen María y nació en Belén para comenzar un camino que culminaría en el Calvario con el don total de sí mismo “por nosotros los hombres y por nuestra salvación” (Credo).

 3. El ministerio presbiteral en la Iglesia 

            Esta es también vuestra vocación, queridos elegidos, y la de todos los llamados al ministerio en la Iglesia, contando así mismo con la acción del Espíritu en vuestras vidas. Por eso dejaos llenar, como María y como Isabel, como Juan, de la cercanía de Dios y de la fuerza de su Espíritu Santo que os comunicará Jesucristo nuestro Señor en esta celebración. Dejaos empapar de esta gracia que os hará ser capaces de renovar la vida de las comunidades a las que seréis enviados y para construir, desde la fe y desde la esperanza, un mundo y una sociedad diferentes, donde todos puedan vivir según los designios de Dios. Desde antiguo la liturgia de la ordenación invita a los elegidos a “considerar lo que vais a realizar e imitar lo que tendréis que conmemorar", para conformar la vida "con el misterio de la cruz del Señor" (Ritual: Entrega de la ofrenda).

            Vais a ser configurados con Jesucristo Buen Pastor, para que lo imitéis siendo pastores del rebaño que tendréis a vuestro cargo: "Mirad por él… con entrega generosa… convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pe 5,2.3) en losarciprestazgos a los que os incorporéis y buscando la cooperación de los fieles laicos. Pensad que sois ordenados para toda la Diócesis y aun para la Iglesia universal. Es una gracia del Señor también que recibáis el don del ministerio sacerdotal en el “Año Jubilar de la Misericordia”, inaugurado hace una semana. Procurad ser en todo momento mensajeros del amor infinito de Dios y misioneros de su amor misericordioso especialmente en el sacramento de la Reconciliación.

            “¡No tengáis miedo!”, como decía también san Juan Pablo II. El Espíritu Santo os revestirá con su fuerza como pone de manifiesto la liturgia de la ordenación. La imposición de manos significa, desde los tiempos apostólicos, la transmisión del carisma del ministerio (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6) y expresa también, por parte de los presbíteros presentes, la recepción de los recién ordenados en el Presbiterio diocesano (cf. Ritual: Orientaciones previas, 112; 113). El ministerio sacerdotal se pondrá de manifiesto también en la unción de las manos y en la entrega de la ofrenda del pan y del vino que serán consagrados.

            Queridos hermanos: Vivamos todos, por la misericordia de nuestro Dios, este singular momento de gracia, de alegría y de esperanza.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
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