Imprimir

LA HUMANIDAD DE CRISTO EN SANTA TERESA

Clausura del V Centenario de su Nacimiento - Convento de la Stma. Trinidad y de la Virgen del Carmen

León, 18 de octubre de 2015 [1]

«Soy yo, el que habla contigo»

            1 Jn 1, 1-4               Sal 88               Jn 4, 5-15.19b-26 

        En este domingo XXIX del Tiempo durante el Año clausuramos en nuestra diócesis el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Lo hacemos tres días después de la solemnidad de la gran Doctora de la Iglesia, cuando se cerraba en Ávila esa gozosa conmemoración. Debemos dar gracias a Dios y a nuestra Santa por este V Centenario que nos ha acercado un poco más a esta gran mujer y religiosa, maestra en las letras y, sobre todo, en la vida espiritual, que ha sido también un importante referente en el Año de la Vida Consagrada que aún está abierto. Evocando hoy, día del Señor, a Santa Teresa, la vemos como un reflejo de la gloria de Jesucristo resucitado, al que contempló siempre en su “humanidad sacratísima”  -el adjetivo es de ella (cf. Vida, 28,3)- “no como estaba en el sepulcro sino como salió de él después de resucitado” (28,8). Y lo más maravilloso, asociando esta visión de Cristo al misterio de la Eucaristía, pues decía: “Casi siempre se me representaba el Señor así resucitado y en la Hostia” (29,4).

Después de escuchar la palabra de Dios en las lecturas que se acaban de proclamar, os invito a contemplar el misterio de la presencia divina en nosotros, a partir de la rica vivencia teresiana de la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo.

1. Santa Teresa, como la mujer samaritana, se encontró con Jesús

            Ha sido el misterio de la encarnación el que ha hecho posible el encuentro del definitivo del hombre con Dios en Jesucristo, permitiendo no solo verlo, tocarlo y escucharlo mientras pasó por este mundo. Pero la percepción de su presencia no fue una experiencia viva únicamente de los contemporáneos de Jesús. La afirmación de la I Carta del apóstol San Juan que se ha proclamado hace unos momentos: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manosacerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible…” (1 Jn 1,1-2a), nos avisa de que esa presencia de Cristo, ajena ahora a las sensaciones corporales, sigue siendo realidad verdadera en la palabra proclamada de la Escritura, en la Eucaristía y en la celebración de los demás sacramentos.

Ese testimonio de la I lectura debería ser suficiente para nosotros, los creyentes de hoy, como fue para Teresa de Jesús a pesar de lo que se decía en su tiempo, que para alcanzar los grados más elevados de la contemplación o de la mística había que transcender todo lo corpóreo, incluida la humanidad de Cristo, porque contemplar esta podía impedir o limitar el acceso a la divinidad. ¿Cómo resolvió ella esta dificultad cuando su corazón y su propia experiencia orante le decían justamente todo lo contrario, que a través de la humanidad de Jesús le llegaban todas las gracias que recibía? ¿Cómo podemos nosotros también, que no alcanzamos ni a las sandalias de nuestra santa, tener esa vivencia tan rica del misterio de Cristo en nuestra pobre vida que transcurre, no ya entre los pucheros sino en otras ocupaciones más o menos trascendentales?

La respuesta es mucho más sencilla de lo que pensamos. En el evangelio hemos escuchado el diálogo del Señor con la mujer samaritana, un episodio verdaderamente encantador con un riquísimo trasfondo espiritual y sacramental en relación con el agua viva que sacia completamente la sed de felicidad, de sentido de la vida, de unión con Dios. Santa Teresa sentía un especial admiración por la samaritana: “¡Oh, qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la samaritana!, y así soy muy aficionada a aquel evangelio” (Vida, 30,19; cf. Camino, 19, 2; Moradas, VI,11,5; etc.). Es sabido que en la casa de la familia de Santa Teresa había un gran cuadro que representaba esta escena, cuadro que aparece mencionado en el inventario de los bienes de D. Alonso, el padre de nuestra Santa, a la que le tocó en herencia. Pero fijémonos en el diálogo que arranca con la petición de Jesús “Dame de beber” (Jn 4,7), con la consiguiente sorpresa de la samaritana ante el hecho de que alguien, perteneciente a un pueblo con el que no había trato, se dirigiera a ella. El diálogo que se entabló sobre el agua viva, fue ganando en profundidad hasta desembocar en la exclamación de la  samaritana:“Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”,y en la respuesta de Jesús: “Soy yo, el que habla contigo” (Jn 4, 24.25).

2. La vida se hizo visible, esto es lo que anunciamos

Así de sencillo a primera vista. Un encuentro casual de una mujer que va a buscar agua a un pozo, una conversación y un reconocimiento. En la vida de Santa Teresa el encuentro ya no fue tan casual. Ella buscaba a Cristo y lo hacía ante todo en la oración, pero sin caer en las aludidas distinciones espiritualistas de su tiempo, que sospechaban de todo lo humano y corpóreo. Ella era natural y espontánea, no escondía sus sentimientos ni su capacidad de alegrarse o de llorar con quienes se alegraban o lloraban (cf. Rm 12,15).  Por eso se sentía atraída por el Jesús que se revela en su propia humanidad, por el Hijo de Dios encarnado para nosotros y por nuestra salvación, pero verdadero hombre como nosotros. Desde el relato de su Vida hasta la cumbre de su contemplación en las Moradas, Teresa nunca prescindió del rostro humano de Jesús hasta llegar a escribir: “Quiere Dios… que entienda esta alma que está su Majestad tan cerca de ella, que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablarle ella misma con él” (Vida, 14,15). Y esta otra célebre exclamación: “Yo solo podía pensar en Cristo como hombre.  Mas es así que jamás le pude representar en mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona… más no la ve… A esta causa era tan amiga de imágenes” (ib., 9,6).

Son incontables las páginas de los escritos teresianos en los que asoma esta experiencia. Más aún, Teresa estaba tan convencida de que es través de la humanidad de Jesús como “nos vienen todos los bienes” (Vida, 22,7; cf. Moradas, VI, 7,12), que repasa toda una serie de razones de carácter bíblico y teológico en apoyo de su convicción. Recuerda, por ejemplo, la afirmación de Jesús: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 13, 9; cf. Moradas, VI, 7,6). Incluso recurre a nuestra experiencia corporal: “No somos ángeles, sino tenemos cuerpo” (Vida, 22,10), para concluir que “en negocios y persecuciones y trabajos… y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía” (ib.).

¿No es este el núcleo del mensaje de la I Carta del apóstol San Juan que hemos escuchado en la I lectura y que he citado al principio?: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto…, lo que contemplamos y palparon nuestras manos…” (1 Jn 1,1). Este texto sublime nos remite al prólogo del evangelio según el mismo discípulo de Jesús, para insistir en que el Hijo de Dios ha tomado una carne humana, no una apariencia, de manera que pudo ser visto, escuchado, tocado con las manos… Este es también el Jesús de Teresa, el Cristo en quien creemos, el que, en palabras del Concilio Vaticano II, con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (GS 22; cf. Hb 4,15).

3. La vivencia del misterio de Cristo por Santa Teresa nos invita a buscarle

Jesús es verdadero hombre, “Dios y hombre verdadero”, y Santa Teresa lo supo captar y lo vivió apasionadamente, existencialmente, porque desde el célebre momento de su conversión ante la imagen de un Cristo “muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó…”  (cf. Vida, 9,1), su vida cambió de una manera radical y para siempre, hasta poder afirmar, gozosa y sincera, sin asomo de presunción, que Dios estaba presente en ella: “En ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él” (Vida, 10, 1; cf. 14, 15; 24, 2). 

¿Quién podría alegar una experiencia semejante? Nosotros difícilmente tendremos una vivencia así de rica y de profunda de la presencia de Dios en nuestra vida, pero no porque no sea posible o porque el Señor no quiera concedernos esa gracia, sino porque, enfrascados quizás en tantos asuntos, no somos conscientes de la frialdad de nuestra fe, de la atonía de nuestras celebraciones y prácticas religiosas o, quizás, de la pobreza de nuestra oración. Nos estamos acostumbrando a una espiritualidad más bien formal en un contexto social y religioso en el que las expresiones de la fe y de la piedad popular son presentadas impunemente como manifestaciones culturales y costumbristas, a pesar de que, en el fondo del alma de nuestro pueblo, siguen latiendo la fe, la búsqueda de Dios, la admiración y la confianza hacia los santos.

De esta búsqueda de Dios de la mano de Santa Teresa, este V Centenario de su Nacimiento ha sido un buen testimonio, como lo fue en 1962 el IV Centenario de la Reforma Teresiana y en 1981-82 el Centenario de la muerte de esta extraordinaria hija de la Iglesia. Una vez más, en Ávila y en Alba de Tormes, ha sido enorme la afluencia de gentes rastreando la ruta teresiana, buscando, quizás sin saberlo, “acercarse al misterio de Dios” a través de Jesús resucitado, vivo y presente en la Eucaristía, en un encuentro personal con el que es el camino seguro para conducirnos al Padre (cf. Castillo interior, VI,7,6).

Queridos hermanos: Que Santa Teresa de Jesús, “doctora de la Iglesia, maestra de la luz, centella del amor”, como dice el himno de este V Centenario, nos enseñe a todos a recorrer la senda por la que caminó “con alma enamorada” hasta encontrar a Cristo.

+ Julián, Obispo de León


[1] Esta homilía fue predicada anteriormente, con algunos cambios al principio, en Ávila el día 13 de octubre, en la iglesia de “La Santa”, por invitación de los PP. Carmelitas en el solemne novenario dedicado a Santa Teresa en el V Centenario de su Nacimiento.

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
Regístrate a nuestro Boletín de Noticias.