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APERTURA DEL CURSO 2015-2016

de los Centros diocesanos de Formación y Enseñanza   (Capilla del Seminario Diocesano, 6-X-2015)

"Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor"

            Hb 12, 1-5, Sal 21   Mt 25, 14-30

        Un año más nos reunimosen torno al altar del Señor para inaugurar un nuevo curso académico invocando la luz y el auxilio del Espíritu Santo.En la coincidencia con la feria mayor de acción de gracias y de petición, presentamos también nuestra gratitud al Padre celestial por todos los dones que recibimos y la súplica de su siempre renovada misericordia. Mi saludo de afectuosa bienvenida a docentes y estudiantes se dirige hoy, en primer lugar a S.E. Mons. D. Camilo Lorenzo, Obispo de Astorga y al Sr. Rector de su Seminario de Astorga y a los alumnos de su Seminario que se incorporan al Centro Superior de Estudios Teológicos.  

1. Actitudes necesarias al comenzar un nuevo curso

      La inauguración de un nuevo curso académico en un centro teológico, en cuanto actividad humana, exige de profesores y alumnos no solo preparación sino también esfuerzo y constancia para afrontar la tarea respectiva de formación. Esfuerzo y constancia, tanto psicológica como espiritualmente, porque el estudio lleva siempre consigo un laborioso despliegue de las facultades intelectuales y morales de la persona. Ejercitarlas requierevoluntad, autodisciplina y, en definitiva, vocación. Es aquí, bajo el aspecto de la vocación, donde se unen, por una parte, la necesidad de adquirir los conocimientos necesarios que conforman las distintas disciplinas del programa académico y, por otra, la conciencia de estar respondiendo a una llamada del Señor, no sólo en el caso del presbítero actual o futuro sino también del laico o del religioso o religiosa que se sabe llamado a ejercer una determinada misión o función en la Iglesia o en la sociedad.

       Por eso, en nuestros centros de enseñanza, se sigue inaugurando los cursos con la santa Misa. Esta siempre será nuestra mejor acción de gracias y nuestra más confiada petición de la gracia divina y de la inspiración del Espíritu Santo que el Señor prometió para que nos lo enseñara todo, no en sentido cuantitativo, en cuanto caudal de conocimientos, sino en sentido sapiencial y espiritual. Porque de lo que se trata, en la formación sacerdotal y en la formación cristiana en general, es de acceder a los misterios de la salvación no solo por la vía de la fe que nos pone en contacto con lo que Dios nos ha revelado, sino también por la vía de la inteligencia para comprender esa misma verdad y prestar nuestro asentimiento iluminados por la misma fe. No en vano el Señor prometió que cuando viniere el Espíritu de la verdad”, nos guiaría hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). De ahí la conveniencia también, al comenzar un nuevo curso, de adoptar el serio compromiso personal, alimentado por la espiritualidad cristiana, del estudio constante y a fondo tratando de desarrollar y potenciar los dones personales y las cualidades intelectuales que Dios ha dado a cada uno. 

2. El significado de la parábola de los talentos

       En este sentido, la parábola de los talentos que se ha proclamado en el evangelio, invita a reflexionar sobre la responsabilidad de hacer fructificar al máximo esos dones y cualidades. Es cierto que nuestro Salvador, con esta parábola, está aludiendo primariamente al día del Señor, es decir, al último acto de la historia humana cuando se pondrán al descubierto los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 3, 35). Sin embargo, la parábola no se agota en ese sentido escatológico relativo al juicio universal en la llegada del Hijo del hombre (cf. Mt 25, 31ss.). La referencia a los talentos, aunque esta expresión equivalía a una suma enorme, descansa en la afirmación relativa a que cada siervo recibió más o menos talentos “según su capacidad”(Mt 25, 15). Por eso, lo que el Señor alaba no se mide cuantitativamente sino en razón del empeño puesto por cada uno de los siervos en hacer producir el bien recibido.  Así, el que recibió cinco, ganó otros cinco, y el que recibió dos, ganó otros dos. En cambio el que recibió uno, no se molestó en hacerlo producir, sino que lo escondió y lo dejó improductivo.

       ¿Por qué actuó así? Él mismo lo explicó cuando fue llamado a rendir cuentas: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo” (Mt 25, 24b-25). Este siervo faltó a la confianza en su amo. Tenía una idea muy negativa de él. Es lo que puede ocurrir también en nuestra vida espiritual y, consiguientemente, en nuestras actitudes morales de conducta si no procuramos avivar en nosotros motivaciones más elevadas que las puramente materiales. En el fondo se trataba de un pecado de incoherencia, de falta de generosidad, de suspicacia y, en última instancia, de egoísmo. Aplicando esta parábola a cuantos han recibido o hemos recibido una llamada del Señor, una invitación a seguirle con generosidad para trabajar en la difusión de su Reino, creo que deberíamos caer en la cuenta de que en esa llamada e invitación se encierra, ante todo, la expresión de un amor, de una generosidad, incluso de la misericordia por parte de Dios para con cada uno de vosotros, queridos alumnos y profesores, hermanos y hermanas en Cristo.

       Sin duda en la vida de todos hay exigencias, deberes, requerimientos de diversa naturaleza. Pero hay también un proyecto de amor por parte de Dios y de Jesucristo. Descubrir ese proyecto, reconocer la generosidad que encierra, tratar de corresponder en la medida de nuestra capacidad y posibilidades, no es sino un acto de confianza agradecida hacia nuestro Padre celestial y hacia nuestro hermano mayor Jesucristo, que nos lo ha revelado y nos ha hecho capaces de conocer a Dios y de sentirnos verdaderos hijos suyos.    

3. Perseverancia hasta el final apoyados en el modelo de Jesucristo

          Por eso, todo discípulo de Cristo debe tener fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Hb 12, 2), como nos invitaba la Carta a los Hebreos en la primera lectura, partiendo de una imagen deportiva. Los cristianos estamos como en un estadio para participar en una carrera ante “una nube ingente” no de meros espectadores sino “de testigos”,que son los santos, los que ya han llegado a la meta y nos esperan en el Paraíso. Antes el autor de la carta ha descrito las promesas que se han cumplido en esos héroes de la fe que tuvieron que soportar y superar pruebas muy duras (cf. cap. 11). Pero, curiosamente, no presenta a esos héroes como modelos que hay que imitar sino como “testigos” muy cualificados para ponderar nuestra “constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia” (Hb 12, 1). El modelo propuesto es Jesucristo, “el que inició y completa nuestra fe” y que, “en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (12, 2).   

          En este sentido, la primera lectura empalma con el mensaje del evangelio. Se trata de la misma situación, es decir, de nuestra existencia temporal, de lo que hemos de hacer mientras estamos en esta vida explotando o haciendo fructificar los talentos que Dios nos ha dado, porque, al final de la carrera, compareceremos ante Él para rendir cuentas de cómo hemos administrado los bienes que han puesto en nuestras manos. Se trata, por tanto, de que, fija la mirada en Cristo, nos esforcemos en perseverar en nuestra vocación y misión, sin dejarnos seducir por otros ideales u otras perspectivas humanas, especialmente si nos estorban o nos apartan de la competición en la que participamos. La “constancia en la carrera” o la perseverancia en la respuesta diaria al Señor que nos ha llamado, es, como en el ámbito deportivo, una virtud propia de los fuertes, de los que resisten y no abandonan; es la virtud de los que se saben llamados a poseer un bien superior. En vuestro caso, queridos seminaristas y otros estudiantes, ese bien es, ya en esta vida, el ministerio sacerdotal ejercido con alegría y tesón. Y para todos, a la hora de rendir cuentas, el poder escuchar de nuestro Dios estas palabras de la parábola del evangelio: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco...,  entra en el gozo de tu señor”(Mt 25, 21).  

+ Julián, Obispo de León

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