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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL CAMINO

"La dulzura de su mirada(Basílica-Santuario, 15-IX-2015)

            Jdt 13,17-20; Sal 30             Hb 5,7-9            Lc 2,33-35

            La solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Camino, Patrona de la Región Leonesa, nos convoca una vez más. Durante todo el año su recuerdo permanece en el corazón de sus hijos que la invocan especialmente en los momentos de dolor o de dificultad. Es entonces cuando, además de rezarle, los leoneses acuden a la basílica de su Virgen para desahogar su pena. Ya lo dice el himno de la coronación: “Reina, León te llama de sus tierras y su dulzura, si tu amor implora, su vida cuando dice que te quiere y su esperanza cuando gime y llora”.

            Al llegar su fiesta, la visita a la Virgen del Camino tiene un carácter más gozoso, de agradecimiento por los favores recibidos, de esperanza en su protección y de búsqueda de la fortaleza necesaria para seguir avanzando por el camino de la vida.  Es nuestra Reina y Madre, y ante ella no caben temores ni angustias. Solo dulzura y amor, contemplación de su rostro dolorido por el propio sufrimiento y confianza, la confianza que produce siempre el reencuentro con el rostro amado y nunca olvidado.

1. El rostro de María, rostro de misericordia

            El rostro de la Virgen del Camino refleja una inmensa ternura y compasión. No en vano tiene en sus brazos a su Hijo que acaban de bajar de la cruz y lo han depositado en su regazo. Ese rostro parece decirnos con palabras del profeta Jeremías: “¡Oh vosotros, cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor!” (Lam 1,12). Dolor de madre, dolor por su Hijo y por todos los demás hijos que Jesús le confió desde la cruz antes de morir: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»”(Jn 19, 26a-27). Desde entonces la mirada doliente de María abarca a todos los discípulos de Cristo, representados en aquel momento por el apóstol Juan. Por eso todos acudimos a María, en la confianza de que, como Madre, escucha y atiende siempre. No en vano, en las bodas de Caná, su corazón maternal se adelantó a interceder por aquellos recién casados en apuros.

            Pero profundicemos en esta realidad reflejada en el rostro de María. Hace unos meses, con vistas al Año jubilar de la Misericordia que, por deseo del papa Francisco se inaugurará en toda la Iglesia el 13 de diciembre próximo, se hizo pública una carta apostólica titulada “El rostro de la misericordia”. Ese rostro es, primeramente, el rostro de Cristo en el que se refleja la misericordia de Dios, que se ha revelado “ compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,6) y que envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor infinito.  Pero esa misericordia divina se refleja también en el rostro de María a la que el pueblo cristiano invoca llamándola, con toda razón, “Reina y Madre de misericordia” porque, aunque Jesucristo es ciertamente el rostro de la misericordia de Dios, Jesucristo en cuanto hombre es todo de María.  Por eso el papa Francisco, en la carta de anuncio del Año de la Misericordia,dice expresamente: El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor” (Misericordiae vultus, 24). 

Confiando, pues, en “la dulzura de la mirada” de la Virgen del Camino,para que nos acompañe en este Año Santo y nos ayude a“redescubrir la alegría de la ternura de Dios”, quiero anunciaros que, en uso de las facultades que el papa Francisco nos ha concedido a los obispos, voy a declarar la basílica de la Virgen del Camino templo jubilar, junto a la catedral y a la real colegiata de San Isidoro, para obtener las gracias de este año santo.

2. La espada del dolor que traspasa el alma

Pero profundicemos un poco más en la contemplación del rostro de María, tan expresivo en la imagen de nuestra Reina y Madre. Recordad el evangelio que se ha proclamado hace unos momentos. Se refería, como habéis podido adivinar, a la escena de la presentación del Niño Jesús en el templo a los cuarenta días del nacimiento. El anciano Simeón, después de haber tomado en sus brazos al Niño y de haberlo proclamado como la "luz para alumbrar a las naciones" (Lc 2, 32), al devolverlo a su Madre anuncia la gran prueba a la que está llamado el Mesías y le revela la que será su participación en ese destino doloroso: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción -y a ti misma una espada te traspasará el alma-“ (2,34a).

Estas palabras anunciaban un futuro de sufrimiento para el Mesías porque, al ser "signo de contradicción", encontraría una dura oposición en sus contemporáneos. Simeón aludía proféticamente al sufrimiento que Jesús iba a padecer en su ministerio público ante la hostilidad de quienes se cerraban a su palabra y a sus obras, hostilidad que culminaría en la cruz. La segunda lectura recordaba precisamente este sufrimiento al afirmar cómo Cristo, “en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5,7-8).

Pero, como he apuntado, el anciano Simeón se refería también al sufrimiento de María, atravesada por una espada de dolor que la asociaría como madre al destino de su Hijo. De este modo se refería a la repercusión que esa hostilidad iba a tener en el corazón de María. Este sufrimiento maternal llegaría al culmen en la pasión y muerte de Cristo, cuando Ella se uniría eficacísimamente a su Hijo en el sacrificio redentor. La profecía de Simeón evoca las palabras de Isaías alusivas al Siervo paciente, el varón de dolores que, "triturado por nuestros pecados" (Is 53,5), se ofreció "a sí mismo en expiación" (Is 53,10) mediante el sacrificio verificado en la cruz. En este sentido la profecía de aquel “hombre justo y piadoso y justo que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2,25) nos ayuda a comprender, en el futuro sufrimiento de María, la identificación personal de la Madre con el futuro doloroso de su Hijo. Pero ella, ante el anuncio de la espada que le atravesará el alma, no dice nada. Acoge en silencio esas palabras misteriosas que hacen presagiar el dolor más profundo de María al pié de la cruz de Cristo (cf. Jn 19,25-26), a la vez que demuestran de qué manera ella cooperó activamente a la salvación humana (cf. LG 56).

3. Aprendamos de María a mirar con misericordia

            ¿Qué nos dice a nosotros hoy esa mirada de María, llena de angustia y de amargura, plasmada en la imagen de nuestra Reina y Madre la Virgen del Camino? Fijémonos una vez más en su rostro. María no solo mira el cuerpo de su Hijo inerte en sus brazos. Nos mira también a nosotros, y mira también a la humanidad que sufre en todas partes y por los motivos más variados, pero que padece, llora y busca ayuda. Y nos invita a cada uno de nosotros a mirar también, a fijar la mirada indagando y escrutando lo que se manifiesta en el rostro de tantos hombres, mujeres y niños, no importa el color de la piel, la lengua que hablan o la procedencia étnica, cultural o religiosa. Son rostros humanos, son personas que sufren, de toda edad y condición, que imploran ayuda, que piden auxilio, misericordia, no mera compasión. Son rostros que podemos ver en los medios de comunicación y nos están interpelando en estos mismos días, gentes obligadas a abandonar sus hogares y sus medios de vida, huyendo de la guerra o de la pobreza, convirtiéndose en desplazados, refugiados y prófugos de un peligro real que les acecha, que buscan seguridad física y un futuro mejor.

             Permitidme invitaros, queridos hermanos, a no mirar hacia otro lado. Y que la compasión y el movimiento de solidaridad que esas imágenes han suscitado, nos ayuden a dirigir la mirada también a nuestro alrededor con ojos compasivos y de misericordia. Así seremos dignos, nosotros mismos, de la misericordia de Dios reflejada en el rostro de la Virgen del Camino. Porque “la misericordia de Dios, ha dicho el papa Francisco, no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral””. (Misericordiae vultus, 6). Así debería ser también nuestra mirada.

+ Julián, Obispo de León

 

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