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SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO - 2015

(S.I. Catedral, 7-VI-2015)

"Mediador de una Alianza Nueva"

Ex 24,3-8; Sal 115               Hb 9,11-15               Mc 14,12-16.22-26

¡Adoremos a nuestro Salvador Jesucristo,
mediador de la nueva Alianza,
que nos hace participar de una herencia eterna!

            Un año más, la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos invita a acoger, celebrar y adorar el acontecimiento de fe y de amor que es la presencia del Señor en medio de nosotros en el Sacramento de la Eucaristía. La fiesta de hoy nos permite, tanto en el interior de las iglesias como en nuestras calles y plazas, prolongar y manifestar con más alegría aún el gran gesto de nuestro Redentor de quedarse con nosotros según sus palabras antes de subir a los cielos: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Porque no se ha desentendido de nosotros sino que nos regala su cercanía de un modo nuevo.

1. La Eucaristía, sacramento de la Alianza entre Dios y su pueblo

            Pero esta presencia que transciende el tiempo y el espacio, es un verdadero misterio de fe, de manera que hemos de acudir a las lecturas de la palabra de Dios para poder meditar esta verdad dando rienda suelta también a los sentimientos de alegría y de comunión que brotan de tan extraordinario regalo como es la presencia de Cristo en la Eucaristía.

            Este año la liturgia de la Palabra alude a un aspecto verdaderamente esencial y central de la Eucaristía: la Alianza. La expresión alude al pacto de amor que Dios ha querido hacer con nosotros a semejanza del que hizo en el Antiguo Testamento, primero con Abrahán y después con Moisés y los hebreos que salieron de Egipto. Lo recordaba la primera lectura: Dios mismo ha querido unirnos a Él con vínculos de amor y de misericordia y, al mismo tiempo, nos ha unido entre nosotros. Pero se ha servido de su Hijo Jesucristo, el “Mediador de una alianza nueva” como recordaba la segunda lectura (Hb 9,15). Por eso Jesús, al instituir la Eucaristía en la última Cena, no se limitó

          Jesús no se limitó a decir que lo que daba a comer y a beber eran su cuerpo y su sangre bajo los elementos del pan y del vino tomados de la mesa de la cena, como hemos escuchado en el evangelio (cf. Mc 14,22-24), sino que manifestó el amor y el sacrificio que encerraba aquella donación y entrega, relacionándola expresamente con la pasión y la muerte que cumpliría después en la cruz. Por eso, cada vez que celebramos la Eucaristía, el Señor actualiza su compromiso y su entrega de amor manifestado del modo más completo y perfecto que puede darse: haciéndose Él mismo la víctima y la ofrenda por nuestra salvación. No cabe amor ni generosidad más grande, como no cabe vínculo ni alianza más fuerte que los que se basan en la Eucaristía, que san Agustín ya definía como “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad" (San Agustín).

            El Señor dijo: "Esta es mi Sangre, Sangre de la Alianza, derramada por muchos"(Mc 14, 24; cf. Mt 20,28), expresión que en el modo de hablar hebreo no solo no se opone a “todos”, sino que puede referirse a todos los que somos “muchos”, esto es, a todos los hombres sin distinción. Y, en efecto, todos los hombres son invitados a aceptar a Jesús como Hijo de Dios y Redentor, para formar el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, comunidad de la nueva y eterna alianza que tiene su centro y la fuente de su vitalidad en la Eucaristía.

2. Celebrar la Eucaristía es vivir y extender esa Alianza de amor

            El horizonte se ensancha, pues, más allá del grupo de los discípulos de Jesús y de nosotros mismos, los que formamos la comunidad local y diocesana, hasta abarcar potencialmente y en la perspectiva de las palabras del Señor a todos los fieles cristianos y aún a toda la humanidad. Porque en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, presentes bajo los signos sacramentales del pan y del vino de la Eucaristía, se contiene y expande todo el poder salvífico de la muerte de Cristo que hace posible una nueva relación de los hombres entre sí y con Dios. Este es el acontecimiento de la nueva Alianza significada y realizada en la Eucaristía.

            Pero, ¿qué nos pide este hecho a nosotros? ¿Qué hemos de hacer para estar a la altura de un misterio tan grande? ¿Cómo anunciar y extender esta comunidad de amor y de unidad que es la nueva y eterna Alianza entre Dios y los hombres a través de Jesucristo? Tan solo mencionaré dos aplicaciones prácticas: la primera es procurar no disgregarnos, no romper la unidad y la comunión entre nosotros por muchos y explicables que puedan ser los motivos de discrepancia, o los puntos de vista, o las razones o las causas. Las discrepancias legítimas, entre cristianos, han de solventarse con caridad, sin ofender, con respeto y honestidad. Porque, por encima de todo ha de estar el amor, como decía san Pablo, que es el “vínculo de la unidad consumada”, para que reine la paz en todos los corazones (cf. Col 3,14-15).

            La segunda aplicación tiene que ver con la solidaridad hacia los que tienen menos, hacia los desfavorecidos, hacia los que no tiene trabajo o ven con angustia su futuro, y hacia todas las personas que sufren por algún motivo. El que se comprometió a dar su vida por nosotros, Jesucristo, nos invitó también a compartir su generosidad. Hoy es el Día de Caridad. No se trata de un pacto de intereses, ni de dar una limosna porque se puede darla, sino de compartir realmente, como expresión de amor cristiano. La caridad es también una forma de alianza. Es un verdadero pacto de amor. La participación en la Eucaristía ha de traducirse en obras concretas de justicia, de verdad, de misericordia y de auténtico amor.

3. La procesión eucarística, testimonio de comunión y de alegría

            Cuando al final de la Misa recorramos las calles de nuestra ciudad llevando el procesión el sacramento del amor de Cristo, no nos limitemos a celebrar con alegría y a cantar este misterio de gloria y de belleza. Caminemos también sintiéndonos en comunión con todos los que no tienen lo necesario para vivir dignamente o para ocupar el puesto que anhelan en la sociedad. Y no olvidemos tampoco a los que son perseguidos a causa de su fe o carecen de la libertad necesaria para expresarla religiosamente.

            Que nuestra procesión sea, ante todo, no solo testimonio del culto que debemos dar a Dios y Jesucristo en el sacramento de su amor por nosotros, sino también una forma de peregrinación que refleje que no caminamos solos en la vida sino que el Señor nos acompaña, pero así mismo que salimos del templo al encuentro con la sociedad y con el mundo llevando el evangelio como anuncio y el testimonio cristiano como exigencia. Que los que nos vean comprendan que nuestra morada como creyentes no es únicamente la iglesia sino también la calle, las plazas, las casas y todos los lugares donde se vive, se trabaja, se goza o se sufre.             

Quiero terminar con una palabra dirigida especialmente a vosotros, los niños y niñas que habéis hecho este año la primera comunión y que habéis venido a la catedral para acompañar después a Jesús. Os felicito por vuestra primera comunión. Estáis muy contentos y Jesús también lo está con vosotros. Cuando lo acompañéis en la procesión, os pido que habléis con él, que le pidáis ser siempre sus amigos. Rezad también por vuestros padres y por todas las personas mayores, para que aprendamos a amarnos y a ayudarnos como Dios quiere, y para que a nadie le falte lo necesario para vivir y para ser feliz.    

+ Julián, Obispo de León

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