Imprimir

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD - Ordenación de tres diáconos

(S.I. Catedral de León, 31-V-2015)

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

Dt 4, 32-34.39-40; Sal 32               Rom 8, 14-17               Mt 28, 16-20

 

            Estamos viviendo un acontecimiento de alegría y de comunión en nuestra Iglesia diocesana. En el marco de la Eucaristía del domingo-solemnidad de la Santísima Trinidad el Señor nos concede la ordenación de tres nuevos diáconos: Raúl-Alonso Aguilar, Santos-Rafael Ramírez y Maciej Jurczyk.En el nombre y bajo la mirada del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, como hemos invocado al comenzar la celebración, formamos una gran asamblea, gozosa y agradecida, no solo los fieles cristianos de León sino también los procedentes de otros lugares, entre los que se encuentran familiares y amigos de los candidatos al diaconado.

1. El misterio de la Santísima Trinidad entraña una realidad misionera

            Se da la circunstancia de que los que van a ser ordenados diáconos y que se han formado en nuestros Seminarios diocesanos, son originarios de tres países diferentes: Costa Rica, El Salvador y Polonia, respectivamente, pero se incardinan hoy en la Iglesia particular de León. Esta realidad no representa un obstáculo para su dedicación al servicio del pueblo de Dios. Porque no debemos olvidar que toda la Iglesia es misionera, es decir, enviada al mundo entero y a los hombres, tanto a los que habitan en territorios aún no evangelizados como a los que se han alejado de Cristo o han perdido la fe en países de antigua cristiandad como sucede en España.

            La presencia de seminaristas de procedencia extradiocesana es hoy un signo de los tiempos, que debemos valorar en relación con esta dimensión misionera y, por tanto, universal de la Iglesia, que ha de manifestarse en toda vocación al ministerio aun cuando la dedicación concreta tenga un carácter local. Y no me refiero tan solo al Seminario misionero Redemptoris Mater “Virgen del Camino” sino también al Seminario de san Froilán, en el que hay un alumno oriundo de Africa. Nuestra diócesis, que en épocas no muy lejanas, fue muy rica en vocaciones misioneras  -de nuestro Seminario salió, por ejemplo, el célebre evangelizador de Alaska el P. Segundo Llorente S.J.-, tiene hoy zonas pastorales de auténtica misión a causa del empobrecimiento de la fe de muchos bautizados. Por otra parte, cada día se hace más angustiosa entre nosotros la escasez de sacerdotes y aun de laicos comprometidos con el anuncio del evangelio.

            Lo que acabo de decir no es una indicación circunstancial. Precisamente porque en el seno de la Santísima Trinidad está el origen de la misión de la Iglesia a partir de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, es muy significativo el evangelio que hemos escuchado: el Señor, a punto de subir a los cielos, dijo a sus apóstoles: Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”(Mt 28, 18-20a). En estas palabras se expresa, en primer término, el envío universal de los discípulos de Jesús y la misión de la Iglesia. El mandato misionero procede, por tanto, de Dios mismo y de su voluntad salvífica universal (cf. 1 Tm 2,4) y comprende predicar el evangelio a todas las gentes llamándolas a la conversión, bautizando a los que crean y acepten el mensaje y enseñándoles a observar lo que el Señor ha establecido, como había hecho él mismo con sus propios discípulos (cf. Mc 16,16; Mt 5,21ss; Hch 2,38; etc.).

2. Lo que creemos de su gloria porque Dios lo ha revelado

En segundo lugar, en las palabras del Señor se nos revela también el misterio inefable de la unidad del Dios vivo y verdadero en la trinidad de las Personas que lo constituyen, es decir, el arcano de sus relaciones íntimas, aludidas en el nombre de cada una: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que se proyectan también sobre los bautizados.

No debemos olvidar, por tanto, que el misterio del Dios-Trinidad constituye el núcleo de nuestra fe cristiana que proclamamos, con palabras de la liturgia, al decir: Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu Unigénito y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no en la singularidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola naturaleza” (prefacio de la Stma. Trinidad). Por eso la fiesta de hoy nos ayuda a contemplar, a la luz de este misterio, la historia de la salvación. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "Toda la historia de salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une a ellos" (CCE 234).

Más aún, en este misterio radica nuestra condición de hijos de Dios por el bautismo. Por eso este sacramento es el comienzo de nuestro encuentro vivo y personal con Dios, que va haciéndose consciente y se enriquece a medida que avanza lo que conocemos como la iniciación cristiana, la catequesis de la fe, y la participación en la liturgia y en la acción social y caritativa de la comunidad eclesial. En el bautismo está también la referencia indispensable de todo lo que constituye nuestra relación con Dios y con los demás, comenzando por la oración, según las enseñanzas de Jesús: Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino…” (Lc 11,2ss.; cf. Mt 6,9ss.).Precisamente la segunda lectura nos recordaba que hemos recibido“un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom 8,15b-16; cf. 8, 26-27; Ga 4,6).Con estas palabras san Pablo manifestaba también la fe de la Iglesia apostólica en el misterio trinitario a la vez que exhortaba a mantener viva una relación de confianza y de amor con el Padre que nos ha adoptado como hijos, con el Hijo que comparte su condición divina con nosotros y con el Espíritu Santo que viene en nuestra ayuda en nuestra oración y nos ha hecho “hijos en el Hijo”  (cf. Jn 1,13).

El misterio de la Santísima Trinidad nos ayuda a comprender así mismo la dimensión misionera del ministerio eclesial a la que me refería antes. No en vano el Concilio Vaticano II, que ofreció una rica síntesis de la teología de la Iglesia en clave trinitaria (cf. LG 2-4; AG 2-4; etc.), continuada después por el magisterio, por ejemplo, del papa san Juan Pablo II en sus encíclicas sobre las personas divinas de la Trinidad[1],sitúa en esta misma perspectiva la doctrina acerca de cada uno de los tres grados del sacramento del Orden interpretando la misión de la Iglesia como un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama muy significativamente ‘diakonía’, o sea ministerio” (LG 24; cf. Hch1,17-25; 21,19; Rom 11,13; 1 Tim 1,12).

3. La misión del diácono en una Iglesia misionera

            Respecto del diaconado, recuerda el citado Concilio que se recibe mediante “la imposición de manos” de manera que los diáconos, confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29). Por eso, queridos elegidos para el ministerio diaconal, tened en cuenta que el sacramento que vais a recibir, tiene sus raíces en el bautismo que os consagró al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y viene a ser, así mismo, una concreción y desarrollo tanto de la participación en el misterio trinitario como en la misión de la Iglesia que dicho sacramento infunde en cada bautizado. Heredáis ya, aunque después venga el presbiterado, la misión apostólica que, como se describe en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, estos confiaron a siete “hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría”  (Hch 6,3).

            En efecto, fortalecidos con el don del Espíritu Santo”, me ayudaréis a mí y a los presbíteros “en el anuncio de la palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad” como buenos servidores, pues eso significa la palabra “diácono”. Como “ministros del altar” proclamaréis el Evangelio, prepararéis el sacrificio eucarístico y distribuiréis a los fieles el Cuerpo y la Sangre del Señor. Además, predicaréis la palabra de Dios, tanto a los creyentes como a los no creyentes, celebraréis la liturgia de las horas o la recitaréis en privado, administraréis el bautismo, y podréis asistir y bendecirán el matrimonio, llevar el viático a los moribundos y presidir los ritos exequiales (cf. Rito de la Ordenación de Diáconos).

Pero quiero pediros también que os dediquéis de manera preferente a los jóvenes, que los busquéis y les ayudéis a descubrir el valor y la alegría de la fe, el saber que Dios los ama y confía en ellos. Que no escatiméis tiempo ni energías en ir a su encuentro porque cuando un joven descubre de verdad a Jesucristo, aunque puede hacer lo de aquel del evangelio (cf. Mt 19,22), lo más probable es que ya no se aparte de él. Por eso, en todo momento y circunstancia actuad siempre como verdaderos evangelizadores, sin dejar de ser “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor  4,1).El mismo Señor os dio ejemplo para que lo que él hizo, vosotros también lo hagáis (cf. Mt 20,28).

+ Julián, Obispo de León


[1]Cf. “Dives in misericordia”  de 30-XI-1980; “Redemptor hominis” de 4-IV-1979, y “Dominum et vivificantem” de 18-V-1986. 

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
Regístrate a nuestro Boletín de Noticias.