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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS - 2015

(S.I. Catedral, 24-V-2015)

"Recibid el Espíritu Santo"

Hch 2,1-11; Sal 103             1 Cor 12,3b-7.12-13             Jn 14,15-16.23b-26

 

¡Celebremos a Nuestro Señor Jesucristo
 que, al lado del Padre, ha cumplido la  promesa
de enviar el Espíritu Santo a sus discípulos!

                       Estamos reunidos en nuestra Iglesia Catedral, sede la comunidad diocesana, para celebrar con alegría, una vez más, la venida del Espíritu Santo. Aunque nos reunimos todos los años por el mismo motivo, Pentecostés entraña siempre una novedad. Cada domingo, cada fiesta y solemnidad, hace presente y cercano a nosotros un hecho puntual de la historia de la salvación y, particularmente, de la vida de Jesucristo. Por eso la fiesta de hoy no es un mero recuerdo ni un simple aniversario del primer Pentecostés que evocaba la primera lectura. Tampoco es una mera repetición de lo que hacemos al llegar esta fecha, porque el acontecimiento que conmemoramos hoy, indisolublemente unido a la Pascua, es una nueva y puntual intervención de Dios.

            Y esta realidad, válida para todos los fieles cristianos, lo va a ser de un modo más significativo y eficaz para quienes vais a recibir el don del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. Los demás, al participar en la celebración, tendremos también la oportunidad de renovar nuestra fe en la presencia del Espíritu divino en nosotros y agradecer la cercanía del “dulce huésped del alma”, como lo llama la secuencia de Pentecostés.

1. Presencia y misión del Espíritu Santo en la Iglesia        

            Hoy es, efectivamente, la fiesta del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, de quien decimos en el credo que es “Señor”, es decir, verdadero Dios con el Padre y el Hijo, y “dador de vida, quecon el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas”. Por eso debemos creer en él y dejarnos habitar por él. Lo conocemos no en sí mismo sino a través de su obra en nosotros. Fue Jesucristo el que nos reveló algunas cualidades personales del Espíritu Santo al que llamaba “abogado” nuestro,  “paráclito”, que quiere decir “consolador” y “defensor” (cf. Jn 14, 16.26; 15, 26; 16, 7), y “Espíritu de la Verdad” (Jn 16, 13). Por otra parte, el Espíritu Santo nos hace conocer a Cristo en profundidad y nos ayuda a acoger su palabra viva y a recibir su gracia.

            El Espíritu Santo se anunció ya en el Antiguo Testamento, de manera que “habló por los profetas” se dejó entrever en algunos momentos puntuales. Él inspiró también a los autores de las Sagradas Escrituras para que transmitiesen fielmente la palabra de Dios, pero solo se manifestó en la venida de Cristo y, de manera más completa, después de la resurrección del Señor. Como enseña el Concilio Vaticano II, “consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cf. Jn 17,4),  fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu (cf. Ef  2,18)”(LG 4).

            Por eso rejuvenece a la Iglesia y habita en nuestros corazones como en un templo (1 Cor  3,16; 6,19), orando en nosotros y dando testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Gal 4,6; Rom 8,15-16.26). El Espíritu nosayuda también a escuchar con fe lo que ha dicho Jesús y lo que enseña la Iglesia en su nombre para nuestra formación como hijos de Dios y para la práctica de todas las virtudes comenzando por la caridad (cf. CCE 687; 692 etc.). Por eso actúa mediante los carismas y ministerios, en la acción misionera y en el apostolado, en la vida de los santos, especialmente de los mártires, y en el testimonio de los cristianos (cf. CCE 688).

2. La presencia del Espíritu Santo en nosotros

            Toda esta inmensa y maravillosa obra del Espíritu Santo obedece a los designios de Dios Padre y a las promesas de su Hijo Jesucristo. El Espíritu Santo es Espíritu santificador que habita en el corazón de los discípulos de Jesús. Ya he indicado antes que es el “dulce huésped del alma”. Por eso es el maestro interior de nuestra vida según Cristo, e inspira, conduce, rectifica y fortalece esta vida e nosotros. El Señor prometió varias veces a los apóstoles que lo enviaría al regresar a la gloria que tenía antes de venir al mundo (cf. Jn 17,5), y lo derramaría sobre ellos y sobre la creación entera (cf. Hch 2,33). Jesús había dicho, incluso, durante la última cena: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré"(Jn 16,7).

            Una de sus promesas, muy significativa acerca de la acción interior del Espíritu Santo en nuestra vida, es aquella en la que Jesús compara al Espíritu Santo con el agua viva: “«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él” (Jn 7, 37b-39a). Y el evangelista anota: “Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (7,39b). Es decir, la promesa se cumplió después de la resurrección del Señor (cf. 20,19-23). Por eso elEspíritu Santo es el primer fruto de la renovada presencia del Resucitado entre los suyos. En el primer encuentro con ellos,  reunidos en el Cenáculo, Jesús les dijo expresamente mientras les infundía su aliento: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22). Desde entonces el Espíritu está activamente presente en el mundo, en la Iglesia y en el interior de cada uno de los bautizados y creyentes en Cristo como una fuente inagotable.

            Ya san Pablo mencionaba, entre los frutos del Espíritu: el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, lealtad, la modestia, el dominio de sí(cf. Ga 5,22-23ª). A estos se añaden también la participación en los sentimientos que tuvo Cristo (cf. Flp 2,5),  la vida de santidad (cf. 1 Cor 1,2), el ser templos vivos de Dios (cf. Ga 4,6), la oración (cf. 5,25), las buenas obras (cf. 5,22), etc.

3. El sacramento de la Confirmación, acción del Espíritu Santo

            Uno de los momentos más significativos en los que se manifiesta de manera especial la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en nuestra vida es el sacramento de la Confirmación. En efecto, el día mismo de Pentecostés, los que escucharon la predicación de los Apóstoles y se bautizaron, recibieron el don del Espíritu Santo que sellaba su fe y su condición de hijos de Dios, regenerados por el agua y el Espíritu (cf. Jn 3,3-5; Tit 3,5). A partir de aquel momento, al bautismo siguió siempre la imposición de las manos para que los bautizados recibieran el Espíritu Santo, como atestigua el Libro de los hechos de los Apóstoles, que (cf. Hch 8,15-17). El mismo san Pablo así lo hizo con los recién bautizados de Éfeso (cf. 19,6). De este modo, la fuerza divina de lo alto, de la que habían sido revestidos los Apóstoles, era transmitida a que se bautizaban. La Confirmación aparecía así como complemento del Bautismo y como sello que marca con los discípulos de Cristo con el Espíritu de la promesa (cf. Ef 1,13; 4,30; 2 Cor 1,22). Por eso, hoy,  solemnidad de Pentecostés es un día muy apropiado celebrar este sacramento.

            Queridos hermanos: Los que vais a recibir hoy el don del Espíritu Santo, desde vuestra libertad y madurez humana, sabéis también que la Confirmación os incorpora de una manera más plena y responsable a la comunidad cristiana. Recordad, no obstante, que de la misma manera que los Apóstoles, cuando recibieron el Espíritu Santo en el primer Pentecostés de la historia, se entregaron de lleno al anuncio del Evangelio, así también cada uno de vosotros, según su propia vocación y estado de vida, está llamado a ser testigo de Jesucristo de palabra y con la verdad de las obras allí donde os encontréis. Todos los demás pedimos por vosotros para que este don que vais a recibir dé fruto abundante. Participemos, pues, con alegría y con fe en esta renovada efusión del Espíritu Santo.  

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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