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MISA POR LOS CRISTIANOS PERSEGUIDOS

(Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, 21-V-2013)

“Les he dado la gloria que tú me diste

Hch 22, 30; 23, 6-11; Sal 15               Jn 17, 20-26

 

            Antes de comentar las lecturas que se acaban de proclamar, quiero dar las gracias  a todos los sacerdotes, religiosas y fieles laicos presentes en esta celebración eucarística de la jornada de oración por los cristianos que sufren persecución a causa de su fe. Mi gratitud también a las parroquias y a las comunidades religiosas que se han unido a esta convocatoria desde sus propios lugares. La oración y, de modo especial, la Eucaristía nos permiten demostrar el amor y la ayuda espiritual a los hermanos que sufren persecución a causa de su fe participando así en la pasión de Cristo. Tenemos el deber de orar por ellos como hacía la Iglesia Apostólica cuando el apóstol Pedro fue encarcelado (cf. Hch 12,5). Y orar por todos los cristianos sin excepción, sean católicos, ortodoxos, coptos o evangélicos, porque el martirio es el ecumenismo de la sangre, en expresión del papa Francisco, sin olvidar a los creyentes de otras religiones que son perseguidos injustamente también.

1. San Pablo, un apóstol que conoció también la persecución

            La persecución ha estado siempre presente en la historia de la Iglesia. El mismo Señor había anunciado ya, como le había sucedido a él, que los discípulos serían odiados a causa de su nombre, denunciados y perseguidos de una ciudad a otra (cf. Mt 10,17-26 y par.), y que llegaría incluso una hora en la que, quien les diera muerte, pensaría estar dando culto a Dos(cf. Jn 16,2). Pero había señalado también que no tendrían que preocuparse por su defensa ante las acusaciones, porque el Espíritu Santo les inspirará la respuesta (cf. 12,12).

            Un episodio de esa persecución constante lo tenemos en la primera lectura de hoy. San Pablo, que se encuentra en Jerusalén, ha sido detenido y es llevado ante el Sanedrín por la autoridad romana, en principio para verificar la verdad de las acusaciones de los judíos que amenazan con lincharlo. El apóstol, con habilidad, enfrentó a sus delatores entre sí de manera que, ante el altercado que se produjo, lo tuvieron que sacar de allí para que no lo mataran. Pero el Señor, la noche siguiente “se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma»” (Hch 23,11). Y, efectivamente, la tradición cristiana es testigo del martirio de San Pablo en dicha ciudad que considera al apóstol como fundamento, junto con san Pedro, de la Iglesia que es madre y cabeza de todas las demás. El antiguo perseguidor de los cristianos que escuchó en el camino de Damasco cómo Jesús se identificaba con los perseguidos (cf. Hch 9, 45), terminaría escribiendo a los cristianos de Colosas: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). El propio san Pablo ha dejado constancia en sus cartas de estos padecimientos (cf. 2 Cor 11,23-33; 12,10).

            La persecución de los cristianos encierra, pues, un verdadero misterio. Es cierto que los discípulos de Cristo no pueden aspirar a otro tratamiento distinto del que ha recibido su maestro: siguiéndole a él y por causa de él, tienen que beber su mismo cáliz y ser bautizados con el mismo bautismo (cf. Mc 10,39; Jn 15,20; etc.). En ellos se reproduce la pasión redentora de Cristo (cf. Hch 9, 4-5; Col 1, 24ss.). Y aunque nos cueste entenderlo, el martirio es una gracia (cf. Fl 1,29) de manera que hasta puede ser una fuente de gozo, como se lee en la I Carta de San Pedro: Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.”(1 Pe 4, 14).

2. De la solidaridad efectiva con los perseguidos a la vivencia del amor fraterno

            El Espíritu de la gloria habita, pues, en todos nuestros hermanos en la fe que son perseguidos por el nombre de Cristo. Por eso no podemos desentendernos de su situación, aunque sepamos que el martirio tiene un gran mérito delante de Dios. Y no solo no podemos permanecer indiferentes a su sufrimiento humano sino que hemos de ayudarles en la medida de nuestras posibilidades. Hay asociaciones y organismos como el de “Ayuda a la Iglesia necesitada”, que recaban aportación económica. Pero hay otros medios: el no permanecer indiferentes, el interesarse por la situación de los prófugos y exiliados, el movilizar, en la medida en que esté a nuestro alcance, a la opinión pública, a los medios de comunicación social, a las instituciones democráticas, a los gobiernos y a los organismos internacionales para que no se inhiban ante este problema de verdadera humanidad.

            Como decía el presidente de la CEE al inaugurar la última asamblea plenaria: Es terrible que a unas personas y familias se las sitúe irremediablemente ante las alternativas siguientes: o creéis y hacéis lo que os mandamos, o salís de vuestra tierra, de vuestra casa y de vuestro pueblo, que ha sido vuestra patria desde tiempo inmemorial, o inmediatamente os asesinamos. Y así han tenido que huir muchos miles de hombres y mujeres, de niños y ancianos, de familias enteras. El papa ha clamado: es necesario detener este furor y frenar a estos agresores. ¿Se hacen eco nuestras sociedades occidentales debidamente de esta causa, para que la opinión pública exija que se paren estos desmanes? ¡Que toda causa a favor de la vida, de la dignidad humana y de sus derechos halle en nosotros protección y defensa!” (Card. Blázquez, 20-IV-2015).

            Por eso no debemos cejar en la oración ni en la defensa de la libertad religiosa en cuanto esté en nuestra mano el hacerlo. Lo pide la caridad fraterna, lo exige la justicia y lo reclama también la realidad misteriosa de la comunión de los miembros del cuerpo de Cristo. Precisamente de esta realidad nos hablaba el evangelio que hemos escuchado también. Está tomado de la plegaria sacerdotal de Cristo en la última cena. Es un bellísimo texto en el que el Señor hace la ofrenda al Padre de sí mismo y de su pasión, y nos ayuda también a convertir en verdadera oración la práctica del amor fraterno y de la solidaridad entre todos los discípulos.

3. La unidad cristiana y la gloria de Cristo en nosotros

En efecto, Jesús ora en el Espíritu Santo y pide no solo por sus discípulos de entonces sino por todos los que, a lo largo de los siglos, hemos creído en su palabra, para que formemos una comunión a semejanza de la que existe entre el Padre y él. Advierte, además, que esa unidad en nosotros será la señal mediante la cual el mundo creerá que es el enviado de Dios, del mismo modo como el amor fraterno nos presenta ante los demás como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35).

            Pero el Señor se refiere también a otra realidad igualmente profunda y sugestiva para nosotros. He aquí sus palabras: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno” (Jn 17, 22-23a). ¿Qué nos quiere decir al aludir a la gloria que comparte con el Padre y que quiere compartir con nosotros? ¿De qué gloria se trata? ¿Es el honor, la fama, el prestigio? En modo alguno. Un poco más adelante Jesús añade: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo” (17, 24). Aquí está la clave: la gloria es la participación en el amor eterno del Padre que Jesús quiere que compartamos con él, uniéndonos vitalmente a su persona, y que lo compartamos también entre nosotros, de manera que su consecuencia será el formar un solo cuerpo, una sola realidad, una verdadera comunión.

               No cabe duda de que este amor que viene del Padre a través de Jesucristo es el que nos hace verdaderamente solidarios con los que sufren y, especialmente, con los perseguidos por causa de la fe. Pero a la vez es el fruto, con la ayuda de Dios, de nuestro compromiso con estos hermanos. La gloria que Jesús ofrece es su misma gloria, la del que ha venido no a ser servido sino a servir y a ponerse al nivel de los humildes, y a lavar los pies al prójimo y que nos manda  amarle como él nos ha amado. San Pablo lo entendió muy bien cuando, en la carta a los Filipenses, recordó como Cristo Jesús, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo…  se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo” (Fl 2,6-9). De la misma manera son glorificados los mártires, y lo seremos nosotros también si tratamos de ayudarlos y de ponernos a su nivel, si no en el sufrimiento, al menos en la disponibilidad para imitar su capacidad de desprendimiento y su amor hasta dar la vida si es necesario. Allí donde la Iglesia sufre, es discriminada e incluso perseguida, es donde tiene que llegar nuestra capacidad de amar y de servir.

+ Julián, Obispo de León

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