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FIESTA DE SAN JUAN DE ÁVILA: Celebración de Jubileos sacerdotales

(Capilla del Seminario de S. Froilán, 18-V-2015)

"Vino sobre ellos el Espíritu Santo”

Hch 19,1-8; Sal 67               Jn 16,29-33

 

            Nuestro presbiterio diocesano se reúne un año más, en la convivencia de final de curso, para celebrar a San Juan de Ávila, patrono del clero español, aunque sea trasladando la memoria, y homenajear así a los hermanos que hacen este año las Bodas de Oro o de Plata de su ordenación. Vaya, pues,  por delante la felicitación y el agradecimiento de la diócesis y el mío como obispo, a los que cumplís 50 o 25 años como presbíteros. Asociemos, ya desde ahora, estos sentimientos vivos y sinceros a la acción eucarística para que el Señor la haga suya y la presente al Padre unida a la actualización sacramental de su ofrenda santa y pura.

Este año nuestra fiesta tiene lugar en la semana previa a Pentecostés, un breve espacio en el que la liturgia de la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la renovada venida del Espíritu Santo. Por este motivo he preferido seguir la propuesta que nos hace el Leccionario del tiempo de Pascua, compartiendo con todos vosotros una breve reflexión sobre el Espíritu Santo y nuestra vida sacerdotal.

1. El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad

            De este modo, todos nos preparamos para vivir con mayor intensidad la solemnidad de Pentecostés que conmemora, a los cincuenta días de la Pascua, la efusión del Espíritu Santo que nos ayuda a “cumplir fielmente la voluntad del Señor y dar testimonio de Él con nuestras obras” (col.).  La I lectura pertenece al final de libro de Los Hechos de los Apóstoles y el evangelio recoge los últimos consejos de Jesús en el discurso de la última Cena, en el que anunció y prometió el Espíritu Santo. 

            Quizás tengamos que reconocer que nuestro conocimiento y nuestra relación con la tercera Persona de la Santísima Trinidad es más bien pobre y limitada. Sin duda, no estamos como aquellos discípulos de Éfeso que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo, pero deberíamos poseer una mayor y más viva experiencia de su presencia y de su obra en nosotros. Sabemos, sí, que es el “otro Paráclito”, el abogado, el consolador e intercesor anunciado por Jesús (cf. Jn 14, 16.26; etc.) y cuya misión es conducirnos hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13). Es la otra Persona divina revelada en relación con el Padre y con el Hijo y que recibe el mismo honor y gloria. Sin embargo, apenas hemos profundizado en la realidad y en la misión del Espíritu Santo en nuestra vida. El Evangelio que se acaba de proclamar nos hace entender, de alguna manera, hasta qué punto los Apóstoles, y nosotros como ellos, tenían y tenemos necesidad del Espíritu Santo.

            En efecto, los discípulos de Jesús, al final del largo diálogo del Señor con ellos en la última Cena, estaban muy seguros de haber entendido lo que Jesús les estaba diciendo. Por eso dijeron: “Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones… por ello creemos que has salido de Dios”(Jn 16, 30). Pero Jesús les dice como poniendo en duda lo que afirman: “¿Ahora creéis?...(16, 31), porque sabía muy bien que, poco después, lo iban a abandonar todos, asustados ante el cariz que tomarían los acontecimientos y que llevarían a su Maestro a la muerte. Notemos que esto nos pasa también a nosotros cuando no asumimos consciente y responsablemente lo que el Señor nos pide. Nuestra fe es muchas veces débil. Las palabras del Señor tienen un gran alcance. Él quiere preparar a sus discípulos para la pasión infundiéndoles ánimo antes de que esta se produzca. Por eso les explica que no va estar solo, que el Padre está con él. Y lo mismo les sucederá a ellos y nos sucederá a nosotros: “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (16, 33). 

2. El Espíritu Santo en nuestra vida sacerdotal

            Estas palabras las debemos escuchar también nosotros, que experimentamos no pocas veces sentimientos de cansancio, desaliento, soledad y frustración, teniendo que afrontar también malentendidos, indiferencia, incomprensión, etc. Situaciones y sensaciones que, más allá de la edad -aunque esta es también un factor importante en la práctica totalidad de los presbiterios diocesanos y en la mayoría de los institutos religiosos en España-, nos hacen sentirnos o encontrarnos en una situación de fragilidad espiritual o moral y, no pocas veces, incluso física.

Pero el Señor nos dar ánimos: ninguna dificultad, ni externa ni interna, debería hacemos perder la fortaleza interior y la confianza. Recordemos de nuevo sus palabras: Jesús anuncia que va al Padre mediante la pasión. Pero esto no deja de ser un misterio y un signo de contradicción para nosotros que no acabamos de comprender que solamente desde la cruz, una vez que sea “elevado sobre la tierra”, es decir, glorificado, como subraya san Juan (cf. Jn 12, 32-33), es como podrá enviar el Espíritu Santo que hará de todos los discípulos una nueva creación, los hombres nuevos capaces de vencer el mal y al espíritu del mundo. Por eso debemos unirnos a Él sin miedo, con la confianza plena, porque la última palabra no la tienen los problemas ni las situaciones de sufrimiento o de angustia. Después de sufrimiento vendrá la paz, la victoria sobre el mundo (cf. 16, 33). Así se afirma también en la I carta de San Juan: todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo; y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5, 4).

            Esta es la acción del Espíritu Santo en nuestra vida cristiana y sacerdotal. Todos los sacerdotes hemos recibido este don divino en muchos momentos sacramentales de nuestra vida: en el bautismo, en la confirmación, cada vez que celebramos la Eucaristía, etc., pero especialísimamente en el sacramento del Orden. ¿Es que lo hemos olvidado? Los que hoy conmemoráis gozosos los 25 o 50 años de ordenación, al evocar el pasado, que no sea para alimentar la nostalgia sino para reconocer la presencia continuada del Espíritu Santo en vuestra vida y para caer en la cuenta de que siempre queda algo por realizar, un objetivo a conseguir, una meta que alcanzar. Sin duda en todos hay muchas cosas que deberían ser diversas y manifiestamente mejorables, aunque no acertemos a discernirlas o no veamos hasta que punto y de qué modo Dios espera de nosotros una novedad, un cambio, un progreso, etc.

3.  Nuestra relación con el Espíritu Santo

            Y, sin embargo, esta posibilidad existe, porque el Señor no nos ha dejado solos al haber prometido estar con nosotros “todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). Pero es necesario que nos demos cuenta de ello, a la vez que tomamos conciencia de la superficialidad de nuestra vida y de las veces en que nos hemos contentado con una respuesta mínima a sus llamadas y a las inspiraciones del Espíritu. Fijémonos unos momentos en el episodio narrado en la primera lectura: San Pablose encuentra con unos hombres que eran creyentes, pero que habían recibido tan sólo el bautismo de Juan Bautista y no conocían al Espíritu Santo. El apóstolles instruye amablemente sobre la relación entre el bautismo de Juan y la fe en Jesús. Ellos aceptaron la fe, fueron bautizados de nuevo, esta vez en el nombre de Jesús, y recibieron el Espíritu con la imposición de manos de Pablo. El Espíritu suscitó enseguida en ellos el carisma de las lenguas y de la profecía.

            Como en Éfeso, también entre nosotros hay situaciones muy dispares a la hora de mantener nuestra fe en Jesús. De este y de otros episodios de los Hechos de los Apóstoles tendríamos que aprender no solamente cómo ayudar a cada persona, desde su situación concreta, sino también y muy especialmente en esta gozosa celebración de hoy, cómo hemos de confiar en la acción del Espíritu Santo en nuestra propia vida y en el ejercicio de nuestro ministerio. No son aspectos independientes y no debemos separarlos. En la medida en que dejemos que el Espíritu nos trabaje a nosotros, en la misma medida percibiremos como actúa y conduce a los demás hacia Jesucristo. Es cuestión, por tanto, de volvernos al Señor y pedirle humildemente que renueve y actualice el don de Dios en nosotros.

               Permitidme, para terminar, recoger unas preciosas palabras de san Juan Pablo II en la carta que escribió a los sacerdotes para el Jueves Santo de 1978, año que, en la preparación del gran Jubileo de 2000, estuvo dedicado al Espíritu Santo: Después de aludir a la acción de Espíritu en cada bautizado para configurarlo con Cristo, el amado papa se detenía en la aplicación de cada uno de los siete dones a nuestra vida y ministerio:

“Así, con el don de la sabiduría, el Espíritu conduce al sacerdote a valorar cada cosa a la luz del Evangelio, ayudándole a leer en los acontecimientos de su propia vida y de la Iglesia el misterioso y amoroso designio del Padre; con el don de la inteligencia, favorece en él una mayor profundización en la verdad revelada, impulsándolo a proclamar con fuerza y convicción el gozoso anuncio de la salvación; con el consejo, el Espíritu ilumina al ministro de Cristo para que sepa orientar su propia conducta según la Providencia, sin dejarse condicionar por los juicios del mundo; con el don de la fortaleza lo sostiene en las dificultades del ministerio, infundiéndole la necesaria «parresía» en el anuncio del Evangelio (cf. Hch 4, 29.31); con el don de la ciencia, lo dispone a comprender y aceptar la relación, a veces misteriosa, de las causas segundas con la causa primera en la realidad cósmica; con el don de piedad, reaviva en él la relación de unión íntima con Dios y la actitud de abandono confiado en su providencia; finalmente, con el temor de Dios, el último en la jerarquía de los dones, el Espíritu consolida en el sacerdote la conciencia de la propia fragilidad humana y del papel indispensable de la gracia divina, puesto que « ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer» (1 Co 3,7).

            Queridos hermanos presbíteros: Confiemos en la fuerza del Espíritu Santo e invoquemos su presencia y sus dones sobre nuestra Iglesia diocesana y, particularmente hoy, sobre nuestro presbiterio. Queridos consagrados y fieles laicos: Invocad también esta divina presencia sobre nosotros. Que la Santísima Virgen María, la mujer dócil a la acción del Espíritu, acompañe a todos con su ternura y con su propia intercesión como hizo con los apóstoles en la espera de Pentecostés. 

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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