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JUEVES SANTO: MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 2-IV-2015)

 "Antes de la fiesta de Pascua habiendo amado a los suyos"

Ex 12,1-8.11-14; Sal 115               1 Cor 11,23-26               Jn 13,1-1

 ¡Celebremos el misterio de la nueva  Pascua
que N.S. Jesucristo instituyó como memorial
 de su muerte y resurrección!

                   Con esta celebración vespertina delJueves Santo comienza el santo triduo de Jesucristo muerto, sepultado y resucitado. De estos tres misterios, decía San Agustín,realizamos en la vida presente aquello de lo que es símbolo la cruz, mientras que por medio de la fe y de la esperanza realizamos aquello de lo que es símbolo la sepultura y la resurrección" (Ep. 55, 14, 24). Cumplimos así, muy significativamente, la voluntad del Señor durante la última Cena con sus apóstoles "la noche en que iba a ser entregado" (1 Cor 11, 23b), al instituir la Eucaristía cuando estaban a punto de comenzar estos acontecimientos.

1. Significado general del Jueves Santo

           En efecto, lo que celebramos esta tarde es el prólogo y la síntesis anticipada del Misterio pascual y la prueba más patente del amor de Dios al hombre. Un amor manifestado en cada uno de los gestos y de las palabras de nuestro Redentor. Hoy conmemoramos especialmente la institución de la Eucaristía, memorial perfecto del sacrificio de Cristo en la cruz, sacramento admirable de su presencia en medio de nosotros, fuente de gracia en esta vida y alimento para la vida eterna. Y con la Eucaristía evocamos también la institución del sacerdocio cristiano que tiene como finalidad primera el asegurar a lo largo de los siglos este santo sacrificio y sacramento. En este día santo se recuerdan así mismo el lavatorio de los pies a los discípulos y el "mandamiento nuevo" del amor fraterno (cf. Jn 13, 35).

            Además, este día singular del Jueves Santo debe concluir con la adoración eucarística ante el Santísimo Sacramento reservado solemnemente en un sagrario especial para la comunión sacramental de mañana, Viernes Santo, día en que, siguiendo una antiquísima tradición, no se celebra la Santa Misa aunque se distribuye la comunión a los presentes. La devoción que nuestro pueblo ha profesado a la Eucaristía ha hecho del Monumento del Jueves Santo una espléndida manifestación de fe y de belleza que no se puede perder, ahogada por la convocatoria de las procesiones. No olvidemos que la permanencia en oración ante la Eucaristía en el día de hoy, evoca también la agonía del Señor en el huerto de Getsemaní, cuando Jesús, como narra el evangelio, embargado de tristeza y angustia, dijo a sus discípulos: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt 26, 38b). Aquella fue para Cristo la hora de la soledad y del abandono de los suyos, a la que siguió el prendimiento y el camino hacia la cruz.

2. En el marco de la nueva Pascua para perpetuar el sacrificio

            Todos estos acontecimientos tuvieron lugar en el marco de la fiesta judía de la Pascua, establecida por Moisés y centrada en el sacrificio y en la cena de un cordero lechal. Por eso la última cena de Jesús con sus discípulos no fue una casualidad o una circunstancia meramente fortuita sino fruto de una decisión especial y, como tal, convenientemente preparada (cf. Mc 14,12-16 y par.). Los cuatro evangelistas y toda la tradición cristiana posterior dan fe de ello a la vez que resaltan el cumplimiento del significado de la pascua antigua en Jesús, señalado expresamente por Juan el Bautista como el verdadero “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”  (Jn 1, 29.36). Por eso la liturgia del Jueves Santo hace referencia también a la pascua establecida por Moisés, para que comprendamos mejor que lo antiguo ha pasado y que ahora es Cristo "nuestra víctima pascual inmolada" (1 Cor 5,7b).

            Merece la pena que tengamos en cuenta también la referencia pascual de esta celebración vespertina de hoy. Según la tradición judía, reflejada en la I lectura (cf. Ex 12, 1ss.), al llegar la Pascua, las familias se reunían en torno a la mesa común para comer un cordero asado al fuego, previamente sacrificado en el templo, para recordar la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto. Ahora es Jesús el verdadero cordero pascual que se ofrece por nuestra salvación en la celebración eucarística como he señalado antes. En efecto, en la II lectura hemos escuchado que tomó de la mesa de la última cena el pan y el vino, pronunció una bendición sobre ellos y se los dio a los discípulos para que los consumiesen transformados en su Cuerpo y Sangre. Sus palabras, recogidas por san Pablo, no dejan lugar a dudas:“Tomad, esto es mi Cuerpo”… “Esta es mi Sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (1 Cor 11, 22b.24; y par.).

            Mediante estos gestos y palabras, a los que siguió el mandato de reiterarlos en memoria suya, Jesús anticipó el sacrificio de la cruz y manifestó su intención deperpetuar su presencia entre los discípulos precisamente  bajo aquellos mismos signos del pan y del vino (cf. Lc 22,19; 1 Cor 11, 24.25). Desde entonces la Iglesia nunca ha dejado de reunirse, especialmente al llegar el domingo, para conmemorar la muerte y resurrección del Señor leyendo cuanto se refiere a él en toda la Escritura y para reconocerlo presente en la Eucaristía con su cuerpo inmolado y con su sangre derramada (cf. 1 Cor 11, 26; SC 6; PO 5).

3.  El mandamiento del amor fraterno y el servicio a los demás

            Pero no contento con manifestar su amor hacia los discípulos, Jesús promulgó el mandamiento nuevo (cf. Jn 13, 34-35) y lo acompañó con el gesto del lavatorio de los pies. El mismo Jesús había afirmado en una ocasión: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45). Ahora lo vuelve a recordar, pero predicando con el ejemplo.

            Porque, aunque es el Maestro y Señor, quiso ser el primero también en el servicio para que nosotros sus discípulos le imitemos (cf. Jn 13, 13-17). El papa Francisco, el año pasado, en lugar de celebrar el Jueves Santo en la basílica de San Pedro, ha preferido acudir a un reformatorio y, en el curso de la Misa de la Cena del Señor, lavar los pies a doce jóvenes allí recluidos, imitando lo hecho por Jesús con los doce apóstoles. Esta fue se la explicación que dio el propio papa: “Esto es lo que Jesús enseña. Esto es lo que yo hago. Y lo hago de corazón porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo debo estar a su servicio” (prensa de 28-III-2014). Lo mismo ha hecho esta misma tarde. La actitud de servicio a los demás marcó también toda la vida del papa san Juan Pablo II. Hoy se cumplen exactamente diez años de su santa muerte. Los que tuvimos la gracia de conocerlo personalmente, de hablar con él y de escucharle más de una vez, lo llevamos en el corazón.

            Queridos hermanos: El servicio a los demás, para nosotros los cristianos, significa imitar a Cristo en el amor. No lo olvidemos. Es algo esencial en nuestra vida. Nuestra vocación es el amor. Pero el amor sin el servicio, el amor de palabra pero sin la puesta en práctica de lo que significa, es un amor vacío, no es auténtico. En el curso de la Misa recibiremos la comunión, el sacramento del amor de Cristo y, por tanto, el alimento del servicio fundado en el amor, síntesis de todo lo que significa el Jueves Santo. Recordemos la afirmación del apóstol Juan en su primera carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (l Jn 4, 10).

+ Julián, Obispo de León

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