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MIÉRCOLES SANTO: MISA CRISMAL

(S.I. Catedral, 1-IV-2015)

"Unidos más fuertemente a Cristo y configurados con Él"

Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88              Ap 1,5-8               Lc 4,16-21

                        ¡Celebremos a Nuestro Señor Jesucristo,
Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza
que,  por el sacramento del Orden,
 nos ha hecho participar de su unción y misión!

            Nos encontramos, un año más, en la sede de nuestra Iglesia diocesana celebrando la Santa Misa Crismal como prólogo del sagrado recuerdo dela institución de la  Eucaristía y del sacerdocio cristiano, cuando nuestro Salvador encomendó a los Apóstoles el poder actualizar, bajo los signos sacramentales del pan y del vino, el misterio de su muerte y resurrección hasta su retorno al fin de los tiempos (cf. 1 Cor 11,26).

Pero la expresividad y belleza de esta celebración, en la que se bendicen los óleos y se consagra el Crisma que serán usados en algunos sacramentos, se unen al significado fraterno y gozoso del encuentro de los sacerdotes que integramos el presbiterio diocesano de León. Por eso nuestra primera actitud, después de haber escuchado la palabra de Dios que ha sido proclamada, ha de ser la alegría de estar juntos como participantes de la misma vocación sacerdotal. Esta viene, ciertamente, del Señor y está al servicio de los demás miembros de la Iglesia con los que compartimos la llamada a la santidad y la misión evangelizadora, cada uno según su estado o carisma. En este momento recuerdo también, con particular afecto, a los sacerdotes enfermos, ancianos o que no pueden estar presentes por otras causas.

1. El ministerio sacerdotal como encuentro con Jesucristo

            Con estos sentimientos de alegría y fraternidad estamos reunidos en torno al altar que representa a Cristo y bajo el que reposan las reliquias de san Froilán, el patrono de nuestra diócesis. He aquí la imagen viva de nuestra Iglesia local: el pueblo congregado y el presbiterio presidido por el obispo concelebrando la Eucaristía. No en vano el sacrificio eucarístico es la cumbre y la fuente de nuestro  ministerio y de todas las demás actividades de la Iglesia (cf. SC 10; PO 5). En este año dedicado a la Vida Consagrada quiero destacar también, con gratitud y estima, la condición de verdaderos miembros del presbiterio diocesano de los religiosos sacerdotes que tienen su residencia en nuestra diócesis y particularmente de los que participan en actividades pastorales y de apostolado (cf. CD 34; CDC cn. 678; etc.).

               Meditemos ahora en el significado de esta celebración que nos une y nos asocia muy especialmente a quien está en el origen del sacerdocio, Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos… que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre,  y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (Ap 1, 5b-6). Estas afirmaciones del libro del Apocalipsis,referidas primeramente a todo el pueblo santo de Dios, tienen sin embargo una aplicación especial en el sacramento del Orden. Ha sido el propio Señor el que ha querido hacernos el regalo del ministerio sacerdotal, de manera que nosotros, colmados por su gracia, somos enteramente suyos no solo como miembros de su cuerpo sino también como continuadores de su presencia santificadora allí donde nos encontremos.

Caer en la cuenta de esta realidad nos exige mantener siempre una relación de cercanía, de confianza, de profundo amor y gratitud hacia el que nos ha elegido y nos ha dado parte en su consagración y misión. Esto supone encontrarnos diariamente con Jesucristo en la oración, en el ejercicio del ministerio y en toda circunstancia, porque somos sus amigos, sus servidores, sus enviados. Y nadie está tan cerca de una persona como el que tiene acceso a la dimensión privada de su vida, sea a causa de la amistad, el servicio o la misión. Y en nosotros se dan estos tres factores, generadores de confianza, de gratitud, de cercanía espiritual y de comunión profunda hacia Aquel que nos escogió desde el seno materno y nos llamó por su gracia dignándose revelar a su Hijo en nosotros para que lo anunciáramos a los demás (cf. Gal 1,15-16).

2. La unción como participación en la acción santificadora de Jesucristo

            No podemos olvidar, hermanos presbíteros, pero tenedlo en cuenta también vosotros, queridos seminaristas, futuros sacerdotes, que el signo de la participación en el sacerdocio de Jesucristo consiste en una unción. El evangelio evocaba el momento en que Jesús se presentó en la sinagoga de Nazaret como el Ungido de Dios aplicándose las palabras del profeta Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido…” (Lc 4,18). En el Antiguo Testamento la unción representaba la elección y dedicación para un servicio. De este modo eran consagrados el rey, el profeta y el sacerdote. Era como un revestimiento externo que, desde la cabeza, descendía por el rostro hasta impregnar todo el cuerpo, pero representaba la bendición divina (cf. Sal 133 [132], 2-3). El hecho de que Jesús se aplicase las palabras del profeta Isaías, quería decir que era el Ungido de Dios para  establecer una alianza basada en una nueva realeza, en un nuevo modo de ser profeta y en un nuevo sacerdocio. El Señor ha querido compartir estos tres aspectos de la función mesiánica con todos los miembros su cuerpo pero especialmente con aquellos a los que eligió para que le representasen como ministros suyos en la Iglesia. Por este motivo la unción está presente en la ordenación sacerdotal para poner de relieve esa especial vinculación a Jesucristo.

El Obispo unge las manos del neopresbítero con el Santo Crisma. Pero, ¿por qué precisamente las manos? Porque la manos del hombre representan simbólicamente sus facultades y, en particular, su capacidad de hacer y de construir, de entrar en contacto con las cosas, de comunicar y de responder, de dar y de recibir. Con su lenguaje expresivo las manos manifiestan ideas,actitudes, intenciones. Son como una prolongación de uno mismo y representan una admirable fusión del cuerpo y del espíritu. Ungidas en el sacramento del Orden con vistas al ministerio, las manos sonun signo de la capacidad otorgada de dar y de darse personalmente, de bendecir, de perdonar, de santificar con el poder del Espíritu Santo. Al consagrar hoy el Crisma os invito, hermanos sacerdotes, a revivir vuestra ordenación y a poner de nuevo vuestras manos y todo vuestro ser a disposición de Jesucristo pidiéndole que renueve en cada uno la gracia de la elección, de la consagración y de la misión.

3. En el L aniversario del Decreto sobre los Presbíteros del Concilio Vaticano II

            No quiero terminar esta homilía sin invitaros de nuevo a mantener siempre vivo y constante el amor a Jesucristo y la gratitud por el don de la participación en su sacerdocio. “La misma configuración con Cristo, dice el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (ed. de 2013), exige que el sacerdote cultive un clima de amistad con el Señor Jesús, haga experiencia de un encuentro personal con Él, y se ponga al servicio de la Iglesia, su Cuerpo, que el presbítero amará, dándose a ella mediante el servicio fiel e incansable de los deberes del ministerio pastoral” (n. 50). La celebración de la Misa Crismal es toda ella un recordatorio gozoso y una invitación cordial a perseverar en la fidelidad al Señor y a la Iglesia que prometimos el día de nuestra ordenación.

            Queridos hermanos sacerdotes: Este año se cumplen 50 de la aprobación por el Concilio Vaticano II del Decreto Prebyterorum Ordinis sobre la vida y el ministerio de los presbíteros. Después de él han venido otros importantes desarrollos doctrinales y pastorales entre los que sobresalen la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis del papa san Juan Pablo II (1992) y el ya citado Directorio (1994; 2013). Es una prueba de lo que representáis los que sois los primeros colaboradores del Obispo en la Iglesia local y de la importancia que tiene el cultivo de la vida interior y de la formación permanente e integral. Por el mismo motivo no quiero dejar de recordar tampoco la necesidad, cada día más apremiante, de nuevas vocaciones para el ministerio sacerdotal. Sin detrimento de otros carismas y funciones, debemos todos dedicarnos con especial solicitud a la pastoral vocacionalmediante la oración, el testimonio personal, la búsqueda y la animación de los posibles llamados, la catequesis, la cercanía a las familias, la dirección espiritual, etc.

            Santa Teresa de Jesús, de cuyo nacimiento estamos celebrando el V Centenario, tenía un muy elevado concepto del sacerdocio y de la espiritualidad sacerdotal, fruto sin duda de su vivencia personal y del conocimiento de algunos grandes maestros como san Juan de Ávila. Nos lo han recordado antes de la celebración nuestras hermanas las monjas carmelitas de León: “Si en lo interior (los sacerdotes) no están fortalecidos…, desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas”, será nula la eficacia de la obra (Camino de Perfección, 3,4). No en vano nuestra Santa pedía que vayamos “muy adelante en la perfección y llamamiento, que es muy necesario” (ib., 3,2).

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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