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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

(S.I. Catedral de León, 29-III-2015)

"Obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”

            Mc 11,1-10              Is 50,4-7; Sal 21;              Fl 2,6-11            Mc 14,1-15,47

                        ¡Celebremos a N. S. Jesucristo que
 se rebajó hasta someterse a la muerte
 y una muerte de cruz

            Hoy, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, inauguramos la Semana Santa, verdadero pórtico del Misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo nuestro Salvador. Cada año, al llegar este día, la Iglesia nos invita a recordar y a vivir con respeto y con suma atención estos acontecimientos en los que tuvo lugar  la redención humana. Por eso hemos venido en procesión hasta la Catedral como pueblo de Dios imitando a los discípulos, a los niños y a las gentes de Jerusalén que acompañaron a Jesús en aquel momento tan significativo de su entrada en la ciudad en la que iba a consumar su misión redentora. Nosotros también lo hemos aclamado como Mesías que viene en el nombre del Señor, confesando nuestra fe con alegría y júbilo.

1. El misterio del rebajamiento y de la obediencia del Hijo de Dios

            Sin embargo, una vez iniciada la celebración eucarística ya no se oye el “¡Hosanna!¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”(Mc 11,10) de los vítores y aclamaciones, sino el "¡Crucifícalo" de otra muchedumbre, soliviantada por los sumos sacerdotes para que pidiera la libertad de Barrabás. El contraste no puede ser más grande. Pero se reproduce lo que ocurrió entonces, en Jerusalén. Una situación semejante se produjo también cuando el gobernador Pilato quiso primero librar a Jesús de la muerte pero terminó después soltando al criminal y condenando a muerte al inocente (cf. 15,8-15).

            ¿Qué estaba sucediendo para que se produjese aquel cambio? ¿Qué misterio se esconde en el desarrollo de los acontecimientos? La respuesta la tenemos en las lecturas que se han proclamado. La segunda, de la Carta a los Hebreos, recordaba que Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario…  se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fl 2,6-8). El despojo voluntario y el ocultamiento de la divinidad bajo nuestra débil condición humana, que supuso la encarnación, iba a culminar en la cruz. Jesús fue en verdad el Siervo obediente anunciado por el profeta Isaías y del que nos hablaba en la I lectura: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos” (Is 50,6; cf. 53,2-9).

            Aquí radica, por tanto, el significado y el alcance de lo que vamos a celebrar en la Semana Santa: Jesús, el Hijo de Dios, había tomado nuestra condición humana, esclavizada y mortal, para redimirnos del pecado y de la muerte, y se disponía a cumplir su misión, y de qué manera. Él entró en Jerusalén no para ser coronado rey, pese al entusiasmo de la gente, sino para morir en la cruz.Y fue de este modo, elevado sobre un madero, como se mostró rey. El relato de la pasión de Jesucristo según san Marcos que acabamos de escuchar lo recoge expresamente: “En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos»” (Mc 15,26), de manera que los que pasaban por allí y los sumos sacerdotes lo injuriaban meneando la cabeza y diciendo: «Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (15,32). Delante de Pilato Jesús mismo no había rechazado ese título aunque precisó su alcance según la narración del evangelista san Juan (cf. Jn 18, 36-37); y guardó silencio ante las burlas y acusaciones que se proferían contra él (cf. Mc 15,2-5) porque estaba allí para eliminar el pecado del mundo cargando sobre sí el mal, el odio, la corrupción… y para reparar la desobediencia y los pecados de toda la humanidad, también los nuestros, con su propia obediencia y con el amor de Dios.

2. El misterio del amor de Dios manifestado en Jesucristo

            Pero en este rebajamiento total del Hijo de Dios y en esa obediencia absoluta a la voluntad del Padre se encierra también algo humanamente inexplicable. Tuvo que haber una razón muy profunda que explicase por qué Jesús llegó a ese extremo en su anonadamiento y entrega a la muerte para redimirnos. Una explicación tenemos en estas palabras del apóstol san Pablo cuando escribió a los romanos: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”(Rm 5,8). En efecto, contemplando a Jesús en su pasión, nos damos cuenta hasta donde llegó también su personal amor hacia nosotros en perfecta sintonía con el amor del Padre (cf. Jn 13,1; 15,13). Pese a ser inocente, Cristo soportó todo lo que la humanidad no puede soportar: la injusticia, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte, y una muerte de cruz, como recordé antes. En Cristo, triturado por el sufrimiento, el varón de dolores como lo contempló el profeta Isaías, Dios ha manifestado que ama a todos y que a todos ofrece su misericordia y su perdón, dando un sentido nuevo y definitivo a la existencia humana. Y lo mismo cabe decir de Jesucristo.

            Por eso no podemos permanecer impasibles e indiferentes ante la Pasión del Señor como los que asisten a un espectáculo. De este misteriode obediencia y de amor ha de brotar en cada uno de nosotros un propósito de renovación personal, de petición de perdón por nuestras faltas, de respuesta al que lo ha dado todo por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Pero miremos también a nuestro alrededor y tratemos de descubrir así mismo el sufrimiento y las consecuencias que produce el mal que se instala a veces en el corazón de las personas: las injusticias contra los pobres o los débiles, las formas de corrupción, los atentados contra la vida humana y contra la naturaleza, el odio y la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, etc. Nunca debemos acostumbrarnos al mal. Apoyados en la fe y en la fuerza redentora de la cruz seremos capaces, primero, de convertirnos nosotros mismos y, después, de transformar el mundo que nos rodea.

            De este misterio de amor, intensamente contemplado en las procesiones de la Semana Santa y piadosamente revivido y activamente participado en las celebraciones litúrgicas, surgirá un torrente de luz, de amor y de esperanza para todo el mundo, para la Iglesia, para nuestro pueblo y para cada uno de nosotros.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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