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V JORNADA DIOCESANA DE LA ESCUELA CATÓLICA

Viernes de la semana III de Cuaresma  (San Juan y San Pedro de Renueva, 13-III-2015)

“El mandamiento principal y primero”

Os 14,2-10; Sal 80             Mc 12,28b-34

 

            Como se ha recordado al principio nos encontramos compartiendo la Jornada diocesana de la Escuela Católica en su V edición, esta vez en la parroquia de San Juan y San Pedro de Renueva y en el V centenario de Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, inspiradora de algunos de los fundadores y fundadoras de las comunidades que dirigen centros de enseñanza entre nosotros.

1. Una tarea de Iglesia al servicio de la sociedad

Acogiendo el lema de la Jornada: “Un escuela con alma”, lo primero que deseo manifestar a cuantos llenáis esta iglesia parroquial, lo mismo que en ediciones anteriores de esta Jornada en otras parroquias, es que, en nombre de la diócesis y como pastor vuestro, comparto con los directores, profesorado, personal no docente y alumnos, las esperanzas y las preocupaciones de la hora presente y confío también en el compromiso de amor con el que es posible hacer todas las cosas, las pequeñas y las grandes. En particular deseo destacar el propósito y el afán en mantener vivos y operantes los colegios católicos, nuestros colegios que responden con no poco sacrificio a la marca, podríamos decir, de la Escuela Católica y que hoy se ven afectados por complejas situaciones culturales y sociales como la rápida trasformación de la sociedad, los problemas de la familia, especialmente reflejados en los alumnos, además de los cambios del sistema educativo.

            Pese a ello, las escuelas católicas quieren conservar su identidad acudiendo a las fuentes de la fe y al carisma de donde surgió y seguirá alimentándose una tarea de Iglesia al servicio de las personas y de la sociedad. Y que responde, al mismo tiempo, al derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral conforme a sus convicciones, como garantiza la Constitución Española en el marco de la libertad de enseñanza. Pongamos sobre la mesa del altar, uniéndonos todos al sacrificio de Cristo, el ideal, los propósitos, las dificultades y los aciertos, en la confianza de que el Señor hará también su parte. Pero antes procuremos acoger la palabra de Dios que, siempre que es proclamada en comunidad o leída particularmente, nos ofrece luz, energía y confianza.

2. El mensaje de la palabra de Dios hoy

               Estamos en plena Cuaresma y, un día tras otro, escuchamos la llamada del Señor a la conversión sincera y a la práctica de las obras propias de los que han optado por seguir el camino que conduce a la plena salvación de nuestras vidas y de cuanto traemos entre manos. Hoy resuena nuevamente esta llamada y lo hace con fuerza por medio del profeta Oseas invitando a la conversión: Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta…”(14,2). Se trata de una invitación situada al final de la profecía, que se dirige a todo el pueblo para que retorne a Dios, única fuente de felicidad. Como si Dios tuviera prisa en dar a su pueblo sus dones y colmarlo de su gracia. De nada valen los sacrificios y menos aún los ídolos o, lo que es lo mismo, el refugiarnos en la obra de nuestras manos. Es preciso salir de nuestro aislamiento y acogernos a la misericordia divina. Y el Señor responde: Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo,  y su perfume como el del Líbano” (14,6-7).

            Pero  con más fuerza aún y con más dulzura nos habla el Señor en el Evangelio proponiéndonos el mandamiento del amor en la respuesta que Jesús dio a un experto en la Ley divina que le preguntaba por el mandamiento principal de todos. Los maestros de Israel habían desmenuzado y reinterpretado de tal manera los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés que, inevitablemente, el pueblo se perdía en un bosque de normas y de reglas que impedían en la práctica el verdadero cumplimiento de la voluntad del Señor. Jesús respondió yendo a lo esencial, es decir, reconduciendo el problema a lo que Dios realmente quiere y citando literalmente las palabras de la confesión de fe en un solo Dios juntamente con el mandamiento del amor y del culto que se le debe (cf. Dt 6, 4ss). Se trata del Shemá Israel, la fórmula que a modo de oración  repetían tres veces al día los judíos, al atardecer, en la mañana y al medio día (cf. Sal 55 [Vg 54], 18; Dn 6, 10).

3. Algunas consecuencias para nuestra vida

            El mandamiento de Dios no podía ser más explícito: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser" (Mc 12, 29-30; cf. Dt 6, 4-5). El amor a Dios es consecuencia del reconocimiento de la santidad divina y requería el rechazo total de cualquier forma de idolatría (cf. Ex 20, 3-6). Mediante esta cita Jesús confirmaba así la conducta que es preciso observar delante Dios, porque no se trataba únicamente de guardar los mandatos divinos sino de corresponder al amor de Dios con su pueblo. Y aquí viene la novedad del mensaje de Jesús: En su respuesta al letrado añadió una segunda afirmación tan tajante como la primera, provocando la admiración de su interlocutor: "El segundo (mandamiento) es éste: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que éstos" (Mc 12, 31; cf. Lv 19, 18 según los LXX). En el lugar paralelo de Lc 10, 25-28, para ilustrar esta afirmación y precisar quién es el prójimo al que se ha de amar, el evangelista recoge la parábola del buen samaritano.

            ¿Qué nos dice esta palabra del Señor en nuestra tarea como creyentes, como laicos o como personas consagradas y dedicadas a diversas tareas educativas o de otro tipo, como ministros suyos en el ministerio sacerdotal, etc.? Cada uno puede preguntárselo en su interior. Pero yo me atrevería a señalar un aspecto solamente desde lo que es la vocación y misión de la escuela católica: La escuela católica opta por el ser humano y su formación integral, lo cual le exige un acercamiento personalizado del alumno no sólo para valorar y apoyarle en la evolución de su individual proceso de aprendizaje sino también y, especialmente, para acompañarle en su crecimiento afectivo, en su inserción social y en su progreso espiritual”[1]. Lo que acabo de decir corresponde a una cita de un documento de la Conferencia Episcopal Española que yo resumiría, sencillamente, en la necesidad de poner en práctica el mandamiento del amor en su vertiente horizontal, hacia el prójimo, en este caso el alumno. Sin duda es un aspecto y no el único. Pero lo importante es que exista siempre en vuestra tarea docente y educadora verdadero amor, amor cristiano, amor fraterno en la línea enseñada y promovida por nuestro Señor y Maestro de la verdad, Cristo Jesús. Que así sea.

+ Julián, Obispo de León



[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA,La escuela católica. Oferta de la Iglesia en España para la educación en el siglo XXI (79 Asamblea Plenaria, 27 de abril de 2007),  Madrid 2007, n. 24.

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